¡A comer puré (ecológico)!

 

Todo empezó en Berlín. En Semana Santa aterrizamos en la capital alemana, movidos por la ilusión de nuestro primer viaje al extranjero con Martina y porque mi hermano ahora vive allí. Hasta ese momento, el tema de la comida ecológica me sonaba igual que esto ニュスが世界中の提供元から.Ni idea. Pero tras una semana consumiendo estos productos, me enganché. 

Mi hermano Álvaro, Martina y yo en un café de Berlín

Nuestro apartahotel en Berlín estaba al lado de un Biocompany, una franquicia alemana de productos ecológicos, en la que comprábamos el desayuno y la cena, por recomendación de mi hermano (39 años. Ex copy creativo en Madrid volcado desde hace dos años en terapias de cuencos tibetanos entre Katmandú y Berlín. Vegetariano y pro comida orgánica).

Yo, que siempre he tenido serios problemas para disfrutar de mi momento All-Bran, de repente me encontré yendo a baños berlineses con una facilidad pasmosa. Estaba encantada de la vida. Mi hermano me hizo ver que todo era gracias a la comida ecológica, así que cuando volvimos a Madrid, lo primero que hice fue buscar una tienda ecológica en mi pueblo (Majadahonda) y la encontré: Bioplanet.

Productos de Bioplanet

Los dueños de Bioplanet, Teresa y Pablo (un matrimonio encantador con 13 años de experiencia en el sector), me contaron un montón de cosas curiosas que yo desconocía hasta la fecha. Y, poco a poco, me fui metiendo más en el tema.  Dejé de consumir tanto trigo común (el pan que tomo ahora es de kamut y la pasta es de espelta) y cada vez me sentía mejor. Allí compro prácticamente de todo: leche de soja, huevos, pollo y carne de vacuno, frutas y verduras, legumbres, yogures… Todo orgánico. Y lo notamos. No solo porque mis momentos All-Bran se han multiplicado sino porque las digestiones son mucho más suaves y, además, la mayoría de las cosas saben muchísimo mejor. 

Antes de mi “viaje revelador” a Berlín ya me había dado cuenta de lo mal que comemos. De hecho, formaba parte de un grupo de consumo (Ecosecha): cada miércoles recogía en un herbolario de mi barrio una bolsa de 4-6 kilos de verdura y fruta ecológica, siempre de temporada y procedente de huertos cercanos. Pero hasta que volví de Berlín no fui realmente consciente de la cantidad de porquería que nos metemos en el cuerpo. Básicamente por el uso generalizado de los llamados productos fitosanitarios (los plaguicidas de toda la vida) y de sustancias como hormonas, antibióticos y piensos cárnicos en la ganadería (todos nos acordamos del mal de las vacas locas o de la crisis de los pollos con dioxinas). Sin hablar de todos los aditivos que se utilizan para manipular, transformar y conservar los alimentos (hay alrededor de 300 autorizados en España, los famosos códigos “E” que vienen en  las etiquetas de muchos productos).

Mi desayuno: pan de kamut, leche de soja orgánica y sirope de Agave.

Y muchos os preguntaréis ¿Pero realmente este tipo de comida es más sana? Pues si nos fijamos en los estudios, no está nada claro. Los hay que aseguran que la comida ecológica tiene más cualidades nutricionales que la convencional y los hay que lo desmienten, como uno muy reciente de la Universidad de Stanford (EE.UU.). No sé quién tendrá razón, pero yo me acojo al sentido común: ¿Qué será más sano: un pollo hormonado o uno sin hormonar? ¿una manzana con pesticida o una libre de químicos?

BioCultura se celebra en Barcelona, Valencia y Madrid

El fin de semana pasado se celebró en Madrid la Feria Biocultura que, entre otras cosas, sirvió para que algunos telediarios se fijaran en la  alimentación ecológica en nuestro país. Y es que España es el primer país europeo en superficie de agricultura ecológica, aunque el 90% lo exporta (los españoles solo consumimos, de media, 18 euros al año en este tipo de comida). Una pena, ya que si todos consumiéramos más, habría muchos más comercios de productos ecológicos y los precios bajarían bastante.

Muesli ecológico de Carrefour. Buenísimo.

Es verdad que ya hay varias macrocompañías de distribución (en Carrefour y Alcampo ya existen zonas habilitadas para la venta de estos productos) y que este tipo de alimentación se empieza a popularizar (aunque alguno me siga mirando con cara de “¡Vaya frikaza!” o “Ingenua, tú que te lo crees…”), pero todavía estamos muy lejos de los 152 euros, de media, que un suizo consume al año en estos productos. Aún así, yo soy optimista y, al igual que yo he cambiado lo que meto en mi carrito de la compra, pensando sobre todo en Martina, confío en que no sea la única.

 

 

 

 

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