Bye, bye Auster… Bienvenido Pocoyó

 

Antes de dar a la luz Michel me regaló el último libro de Paul Auster, “Sunset Park”. Siempre ha tenido un gran sentido del humor (o quizás pensaba que en la ecuación pecho-gases-pañal-dormir-pecho-gases-pañal-dormir podría encontrar un huequito para leer sin caer inconsciente sobre las páginas del libro). Martina ya tiene nueve meses y todavía no he podido hincarle el diente. Pero valoro el detalle. Y Auster no es el único defenestrado en mi mesilla de noche. Enric González, Carson McCullers y Eduard Punset también han sido relegados hasta que vuelva a tomar control sobre mi vida y algunos de mis hobbies pasen de ser bonitos anhelos a eso, hobbies. 

Cuando estaba embarazada de 8 meses aparqué los libros (en la cama la postura menos penosa para leer era de costado, o decúbito lateral como decía muy profesionalmente mi matrona, y mis cervicales dijeron “¡basta!”) y obligué a todas mis neuronas a concentrarse en revistas estilo “Ser Padres” o “Mi bebé y yo”. Era lo que el cuerpo me pedía. Durante el día las hojeaba con falso desinterés, por eso de que no me etiquetaran como la típica madre que vacía las estanterías de la sección “Maternidad” de la biblioteca, pero confieso que aprendí cosillas interesantes.

La realidad es que desde que Martina acapara las mañanas-tardes-noches-madrugadas de mi vida, mi universo intelectual se limita a Pocoyó, Caillou y Chuggington (sus top 3). Hay días que incluso me envalentono y me atrevo a subir el nivel con Dora la exploradora y la familia Peppa Pig. Pero entre tanto friki animado también he descubierto en el triunvirato televisivo al que últimamente estoy abonada (Clan, Disney Channel y Boing) algunos de mi infancia como Heidi (¡se me puso el pelo como escarpias cuando de repente apareció en pantalla la pequeña huérfana de los Alpes!). Qué tiempos…

En el AVE camino de Barcelona he estado leyéndome la revista Paisajes desde el tren, que Renfe regala a sus viajeros desde hace ya 20 años (este product placement a saco es por si gustosamente quieren hacerme algún descuentillo en mis próximos billetes de tren), y me ha entrado un subidón de nostalgia que me ha descolocado un poco. Hasta enero de este año (cuando Martina decidió por fin tocar tierra) yo formaba parte de esa especie en extinción que son los periodistas freelance y ahora, cuando leo los reportajes o entrevistas de algunos de ellos, sobre todo si son amigos, una sensación extraña me recorre el cuerpo, como si todavía no hubiera asimilado mi nueva condición de madre full time. Por cierto, muy recomendable la entrevista que se publica en Paisajes al ecólogo marino Enric Sala (y no es porque la haya escrito un amigo, es que cuando terminas de leerla, tienes esa sensación tan estimulante de que las cosas sí pueden cambiar).

Ahora mismo me encuentro en esa fase en la que no sé muy bien por dónde tirar laboralmente porque las opciones son escalofriantes: volver al mundo freelance(resignándome a la ecuación reportajes sin publicar=facturas sin pagar y a la inestabilidad salarial y de horarios que eso supone) o encontrar un trabajo con horario fijo (seguramente el tan español de 9.00 a 19.00 pero luego te quedas una hora más porque si no tu cuerpecito es inmediatamente atravesado por un batallón de miradas asesinas).

Ante este panorama tan atractivo me cuesta decidirme, la verdad. Y en esas ando cuando me da por pensar en qué haría alguno de los personajes de mi adorada Marian Keyes. Para los que no estéis familiarizados con ella, os pongo en antecedentes: Keyes (www.mariankeyes.com) es una escritora irlandesa que un buen día decidió cambiar la botella (una adicción que la llevó a un centro de desintoxicación) por la pluma. Y no se le dio nada mal porque cada una de sus novelas se ha convertido en un bestseller. En más de una ocasión la han comparado con Helen Fielding (El diario de Bridget Jones), pero a mí me tiran mucho más sus libros porque amasa, con mucha habilidad, la comedia con los aspectos más oscuros de sus personajes (el 99%, mujeres). Algunos pensaréis «qué coñazo, la típica literatura de mujeres y encima haciéndose la graciosa». Opinión muy acertada en su primera parte (efectivamente es literatura femenina, si es que eso significa algo, y sus libros encajan perfectamente en el recién acuñado género literario chick lit), pero no tanto en su segunda porque leer un libro de Marian Keyes es como apuntarse a una sesión continua de monólogos de Buenafuente. Te ríes y mucho. Y para situaciones como la mía, de desconcierto laboral absoluto, no viene nada mal.

En una entrevista de trabajo me preguntaron qué libro me estaba leyendo en ese momento y yo, con el pecho hinchado y la cabeza muy alta, escupí «Sushi para principiantes» (de Keyes). Por supuesto, mi interlocutor no sabía ni de qué le hablaba, así que le solté toda la charlita del párrafo anterior. Él no se quedó nada convencido; es más, creí advertir en su mirada un atisbo de «Dios mío, me he equivocado con esta chica». Y yo pensé «¿Qué pasa que solo se puede leer a Vargas Llosa o a Houellebecq para que te tomen en serio?». Así que desde aquí reivindico sin ápice de vergüenza a Keyes, Fielding y compañía. Y también a  Pocoyó. Tampoco pasa nada por ampliar nuestro horizonte cultural momentáneamente…

 

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