Cagadillas (y ñoñeces) de primeriza – II parte

 

Después de un estimulante fin de semana cinéfilo en la Seminci (Festival de Cine de Valladolid), acompañada de Cruz y otros amigos no-padres, recupero mi condición de madre full time. ¿Y qué mejor manera que continuar con el decálogo de cagadillas en las que las mamis novatas incurrimos con una asiduidad peligrosa? Pues allá va:

CAGADA Nº 5 – Acosar a nuestras pobres criaturas, cámara en ristre, cada vez que se produce un nuevo acontecimiento en sus vidas. Y por esto último se entiende que estrenan un vestido o unos zapatos; se divierten con el vigésimo juguete que la abuela ha decidido comprar esa semana; se ríen al estilo Pozí con su nuevo diente; o se sociabilizan con algún amigo o familiar que prudentemente se saltó la visita al hospital. No es una cagada, sino una noñería de madre primeriza que no quiere perderse todos estos “momentazos”. Martina tiene nueve meses y medio y ya hemos realizado 42 vídeos, más de 1.200 fotos digitales y completado un álbum tamaño A4 (con fotos impresas en papel). Y eso que no tengo iPhone.

CAGADA Nº 6 – Pensarnos que nuestras hijas son versiones reducidas de Carmen Lomana o Nati Abascal, que requieren una hora de cuidados intensivos en su rostro y cuerpo antes de pisar la calle. Hasta hace dos semanas confieso que embadurnaba a Martina con toda clase de cremas hidrantes, bálsamos y aceites relajantes, potingues para el culito y, por último, colonia o perfume, según la vistiera de casual o de niña bien. Y algo absolutamente imperdonable: la cepillaba el pelo antes de acostarla. «¿Para qué?», os preguntaréis muchosPues está clarísimo: para estimularla el cuero cabelludo… Hace un par de meses estuve viendo un vídeo de cuando mi hermano y yo éramos pequeños y se me saltaban las lágrimas de la risa al ver cómo mi madre me despachaba en el cambiador en 10 nanosegundos. Lo único que hacía era salpicarme el culo con polvos de talco y liarme un pañal de cartón piedra alrededor. Listo. Y apuesto a que el pH de mi piel está ahora la mar de sanote.

CAGADA Nº 7 – Hacerse con una batería de juguetes que hubiera hecho las delicias de Tom Hanks en Big… Que si los sonajeros para cuando tiene pocos meses, los de tela para que pueda inundarlos de babas, los de colores y sonidos para estimularle, los de figuritas geométricas para desarrollar su creatividad… Y, por supuesto, todo niño que se jacte de serlo tiene que tener su doudou. ¿Que qué es esto? Pues el muñeco que eligen los niños para dormir y que al final está tan integrado en la familia que cuesta resistirse a invitarle a comer con nosotros… Aunque suene a coña, está demostrado que es un objeto transicional entre el niño y su madre que éste adopta para dormir, jugar, hablar y llevar de viaje. Un muñeco o mantita que le consuela y mima siempre que su madre no puede. Es un invento francés que al final hemos adoptado las madres de medio mundo. Y aquí no matizo con “primerizas” ¿o creen que Carla Bruni no se ha rendido ya al doudou para su hija Giulia?

 

CAGADA Nº 8 – Hacerlo todo corriendo. Durante el periodo que abarca desde que Martina se levanta (8.00-10.00) hasta que se acuesta (22.00-22.30) mi cabeza activa un cronómetro interno que me ayuda a cumplir con todas las tareas pendientes del día. Un estrés. La maratón empieza por la mañana cuando, aprovechando que Martina se rinde ante el universo de Pocoyó, yo desayuno, me ducho y recojo la cocina a la velocidad del rayo. También corro cuando me toca comer (si no tengo tupper de mi madre, tiro de ensalada, tortilla francesa o algún otro apaño de supervivencia), cuando contesto a los mails, cuando pongo las lavadoras y tiendo la ropa, cuando hago la compra, cuando hablo por teléfono. E, incluso, cuando escribo estos posts. ¿Y por qué corro? Pues no sabría decíroslo, pero algo tiene que ver con esa pequeña angustia que nos entra cuando la niña se queda dormida y tú tienes tantas cosas que hacer que no sabes por dónde empezar, con el handicap de que tampoco sabes de cuánto tiempo dispones«¿Y por qué no aprovechas cuando está despierta y así no se te acumulan las cosas?», me planteó una amiga no-madre. «¡Ja!, si cuando la suelto en el corralito para que juegue sola grita como si estuviera lleno de lava…». «Pues déjala llorar y verás cómo se acaba acostumbrando», insiste mi amiga. «Mmmm….». Bloqueo absoluto. ¿Por qué será que a las primerizas nos cuesta esto tanto? Pues ahí ando, trabajando en el tema.

CAGADA Nº 9 – Cargar siempre con dos bolsas más de lo necesario. Cuando nos desplazamos con ella, Martina pasa de tener padres a disponer de sherpas. Y todo por el dichoso “por si acaso” que las primerizas nos repetimos como un mantra: «Por si acaso, voy a llevar 25 pañales más, no vaya a sufrir una diarrea incontrolable de repente; por si acaso, la voy a meter dos conjuntitos de ropa completos, a ver si con lo mona que va ahora se mancha y la liamos; por si acaso, echo unos cuantos juguetes, por si nos toca esperar 40 segundos y la cría se aburre…». El pasado fin de semana dejamos a Martina con los abuelos y para una sola noche acabé llevando una maleta, una bolsa, dos mochilas de comida, una hamaca y la silla de paseo. Solo me faltó meter el camping gas. Y eso que la casa de mis padres es una réplica lightde la mía porque cada vez ceden más m2 a su nieta; primero fueron los juguetes y ahora ya dispone hasta de cuna propia. Y esto me recuerda que les debemos un post a los abuelos. Pendiente queda.

CAGADA Nº 10 – Delitos y faltas (como la peli de Woody Allen, pero sin tanto pesimismo existencial). Para cerrar este post he elegido el capítulo de cagadas más bochornoso; el que recoge todos aquellos despistes, errores y olvidos en los que toda primeriza de pro debe incurrir si quieren que la etiqueten como tal. La pobre Martina se tiró los primeros seis meses de su vida con las ruedas del cochecito bloqueadas. Una amiga me lo descubrió (¡Gracias Conchi!), tras una cena en su casa. ¿Y qué decir de llevar a Olivia sin colchón en el cuco? Cruz tampoco se dio cuenta por ella misma, sino que fue su madre la que, pasados dos meses, se percató de que la espaldita de su nieta descansaba sobre una tela sin chicha de relleno. Y una de mis últimas también fue buena: paseaba yo por Tarrasa tirando del carrito de Martina, ensimismada en las tiendas de la calle principal, cuando una amable egarense me sacó de mi nube consumista: «Señora, que se le cae la niña». Bajé mi mirada y ahí estaba Martina, con los piececillos rozando el suelo y las correas de los brazos adheridas al cuello. «¡Ay, gracias! Es que a veces le da por tirarse… Venga Martina, bonita». Mi soltura era totalmente de pega porque mientras intentaba enderezarla, con mi pie derecho hacía contrapeso para que el carrito no volcara hacia atrás, muy al estilo del juego Enredos. La niña se puso a llorar, a mí se me cayó el bolso y en el camino arrastré una bolsa con botellas de agua mineral (para sus biberones de fuera de Madrid). En fin, un poema.

 

Siguiente >>

<< Anterior