Cómo se conocieron los abuelos paternos de Olivia

 

Hoy cedo la palabra a Lola, la abuela paterna de Olivia, para que le cuente a su nieta y a vosotros lectores el relato de cómo se conocieron ella y su marido, una romántica historia en la que un viaje, una tarta y un baile tuvieron la culpa de que dos personas de lugares distintos unieran sus destinos para siempre.

¡Fue un flechazo en toda regla!

“Lo que voy a contar no es una historia. Es una prehistoria.

Los que podáis, recordad la España de los 60. Los que no hubierais nacido entonces, imaginadlo.

Yo no puedo decir que tengo malos recuerdos de aquella época que ahora tanto se desprestigia. Pertenezco a una familia tan normal, tan normal (no en el significado de “frecuente” que se le adjudica, sino en el suyo auténtico “dentro de una norma”), en la que había un padre, una madre, cuatro hijos y hasta una tía-abuela solterona, que hacía el papel de abuela y vivió con nosotros hasta su muerte.

Yo tenía entonces 22 años y puedo decir, ahora que ya no se considera presunción, porque todo pasó, que era bastante mona. Después de mis estudios, trabajaba en una compañía de seguros, donde organizábamos excursiones o viajes para celebrar los “puentes” y a las que mis padres me permitían ir, dado que lo hacíamos con compañeros respetables que conocían y, en la mayoría de los casos, de edad más cercana a la de ellos que a la mía. ¡Cómo, si no, podríamos haber salido de viaje en aquella época sin nuestros padres!

Llegó el puente deTodos los Santos de 1965. La excursión fue a Zaragoza y al Monasterio de Piedra.

Imaginad ahora a Federico, un chico de 28 años (bastante atractivo, por cierto), natural de un pueblo de Almería, pero que a la sazón trabajaba temporalmente en la citada ciudad de Zaragoza.

El destino, la casualidad o, vete tu a saber qué, quiso que estos dos personajes coincidieran en la cafetería Las Vegas, a las 9’30 de la noche. Él, a tomar una cerveza con un compañero de trabajo antes de retirarse a sus casas. Mis amigas y yo, a tomar algo y decidir dónde nos llevaría a divertirnos un poco la madre de una de mis amigas, que era la señora responsable de todas nosotras y a la que habíamos convencido para salir de noche. Algo que nos estaba vedado en nuestra vida cotidiana porque… ¡éramos tan jóvenes!. (Repito, España en los 60).

Cafetería Las Vegas de Zaragoza, el lugar donde se conocieron Lola y Federico

Y, por otro capricho de la vida, el amigo de Federico era del mismo pueblo castellano que la madre de mi amiga. Sorpresa, saludos, alegría… Las presentaciones oportunas.
Y a aquellos dos chicos, naturalmente, no les costó mucho trabajo ofrecerse a Conchita, nuestra “madre protectora”, para servirnos de guía en el Zaragoza, la nuit.

Bueno, añadiré que al entrar en la cafetería, donde había una sección de pastelería, las chicas y yo habíamos comprado una tarta de naranja, para tomarla con una leche calentita en la cafetería y que nos sirviera de cena. Y, en torno a aquella tarta comenzó todo. Mejor dicho, casi todo. La comimos con ellos, golosamente, iniciando una charla común y divertida entre todos. Una charla de la que, poco a poco, Federico y yo fuimos separándonos, para entregarnos a una conversación más privada, con todos los puntos comunes en el encuentro de una pareja que así, a primera vista, se gustan.

Salimos de la cafetería y los chicos nos condujeron a una Sala de Fiestas, boite, o como queráis llamarlo ahora, porque me estoy dando cuenta que todos estos nombres os van a resultar totalmente obsoletos. Vamos a decir que era lo que ahora podríamos llamar un bar de copas con música en directo y con una pequeña pista de baile, donde las parejas podían hablar más íntimamente.

Y ahí si, ahí si que empezó todo. Porque no paramos de bailar en toda la noche. Y, mientras lo hacíamos, Federico se me presentaba como un chico “ya maduro que quería centrar su vida, que no quería tontear con novias, sino que buscaba una mujer formal con la que casarse y compartir toda su vida. Y que esa mujer era, sin duda, yo”. Todo esto adornado con alusiones a lo guapísima que él pensaba que yo era y a una sarta de piropos.

Yo, naturalmente, me sentía halagada. Pero, claro, no pensaba en absoluto que todo aquello iba en serio. Creí que era su forma de ligar. Ya sabéis, cada chico tiene su sistema. Unos te trabajan la lástima, otros te muestran todas sus supuestas virtudes y otros, como Federico, te dicen que se quieren casar contigo ya mismo.

Pero, aún no creyéndole, le seguí la corriente. La verdad es que a mí también me gustaba él. Me gustaba mucho. Y, cuando me dijo que por qué no nos casábamos el día de mi cumpleaños -27 de marzo-, yo aduje que hasta que no se casara mi hermana mayor, que lo hacía el día de la Virgen de Fátima, 13 de mayo, yo no podía ni planteárselo a mis padres. ¡Qué diría la gente!

La autora de estas líneas, en un bello retrato

Y entonces, Federico, con toda naturalidad, me dijo que nos casaríamos el día de la Virgen de las Mercedes -24 de septiembre-. Y yo, en vez de protestarle, en vez de preguntarle que si estaba loco, en vez de desmayarme en aquel momento, me limité a decirle que si, y a darle un beso rápido en la boca. Lo que hoy se llama, si no me equivoco, “un pico”.

Cuando nos despedimos, hacia las 3 de la madrugada, sólo le había facilitado mi teléfono y mi dirección en Madrid.

Y se me quedó en el alma ese aleteo feliz e inquietante del flechazo. Pero convencida de que, al día siguiente, cuando yo me marchara hacia el Monasterio de Piedra y luego hasta Madrid, todo nos quedaría a los dos como un bonito recuerdo que no podía tener, de ninguna manera, futuro.

Aquella noche, en la habitación del hotel, todo fueron comentarios de mis amigas y de su madre, Conchita. Que vaya suerte, que vaya chico majo, que no les habíamos hecho caso en toda la velada… Y todas me felicitaban cuando yo les contaba los derroteros por los que había transcurrido nuestra conversación.

Naturalmente, al día siguiente que visitamos, como ya os dije, el Monasterio de Piedra, la belleza de esa muestra de naturaleza en carne viva, el cansancio del recorrido, las bromas y risas propias de cualquier excursión con amigos bien avenidos y alegres, nos hicieron tomar la aventura de la noche anterior como… eso mismo, como una aventura. Pero una aventura sin futuro.

Cuando llegué a Madrid, a mi casa, mi madre ya había recibido varias llamadas telefónicas preguntando por mí y hasta un telegrama a mi nombre (entonces se utilizaban estos sobrecitos azules para los recados urgentes) y, naturalmente, se sintió curiosa por saber qué me había pasado en Zaragoza.

“Nada, le dije yo, un chico que dice que se va a casar conmigo en septiembre”.
Después de muchas cartas de ida y vuelta; después de alguna escapada suya de fin de semana a Madrid; después de que él volvió a vivir a su Roquetas de Mar (Almería), a casa de sus padres y, sobre todo, después de que él rompió con su novia de toda la vida. Y después de haber salido juntos no más de 30 días, desde aquel 31 de octubre, el 24 de septiembre de 1966, cumpliendo el menos ortodoxo de los compromisos, nos casamos. Nos casamos en una ceremonia preciosa, por la iglesia, naturalmente, y celebrándolo después con una cena en el Hotel Plaza, una preciosidad que entonces estaba ubicado en lo más alto del Edificio España.

Así, sin conocernos apenas, sólo a través de lo que en nuestras cartas expresábamos (no olvidéis que no existía el móvil, ni el e-mail, ni las redes sociales, ni casi nada), no sólo nos casamos llenos de ilusión y locura, sino que nos atrevimos a formar una familia completa, con tres hijos, que ahora se ha visto enriquecida por un puñado de nueras y nietos.

Y, lo que es mejor, así seguimos. Sin haber perdido un ápice de ilusión. Porque, como epílogo os diré que, aunque el Amor sea un invento de los poetas y si queremos disfrutarlo nos lo tenemos que ir inventando nosotros a diario, si no nos falta imaginación y lo hacemos bien, si damos de comer a ese animalito exigente. lo más satisfactorio de él llega cuando ya no se le exige tanto, cuando ya los jóvenes creen – a mí me pasaba- que todo es aburrimiento y costumbre. Cuando se han superado juntos ese montón de dificultades que la vida y la convivencia plantean.

¡Ojalá me deis la razón algún día, aunque yo ya no me entere!

 

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