¿Con quién bailaba Elvis de pequeño?

 

“El rey” tuvo que practicar esa sacudida de pelvis con el espejo. Tampoco tuvo a quién hacer de rabiar ni con quién jugar en casa, al igual que muchas otros personajes que han marcado (o, al menos, alegrado) nuestra vida. ¿Qué tiene en común Elvis con Frank Sinatra, Cary Grant, John Lennon, Oscar Wilde, Elizabeth Taylor, Roosevelt o Gandhi? Sencillo: todos son hijos únicos. A Wilde le he metido en esta lista porque tuvo una hermana que murió cuando el futuro dramaturgo aún no había nacido y algo parecido le pasó al niño de la foto, el pequeño Elvis, ya que su hermano gemelo, Jesse, falleció al nacer.

Martina será hija única. Lo he meditado a conciencia, tras superar algunas etapas en las que este convencimiento llegó a tambalearse, especialmente por la influencia-presión de la sociedad (“¿Y cómo no vas a tener más?”, “¡Pobrecilla!”, “Es que ahora solo pensáis en vosotros”).

No escribo este post para autojustificarme (esta fase también la he superado), sino para intentar desmontar los prejuicios que rodean al universo del hijo único, un ser estigmatizado gracias a esas coletillas populares que no siempre se ajustan a la realidad (“son consentidos, egoístas, mandones y caprichosos”). El hecho de ser hijo único no es un elemento que defina por sí solo el futuro de un niño. Su evolución, como la de cualquier otro, depende de la educación que le den sus padres.


El epicentro de los hijos únicos es, sin duda, China, donde la política demográfica obliga a las parejas a tener un solo hijo desde 1980
 (en la práctica pueden tener los vástagos que quieran, pero asumiendo duras multas y la discriminación social), aunque desde hace un par de años el Gobierno está intentando flexibilizar esta norma. La mayor parte de los estudios realizados por organismos independientes de este país  han concluido que los hijos únicos no presentan características negativas o taras psicológicas en relación a aquellos que poseen más hermanos. Y como muchos dudaréis (y hacéis bien) de estos estudios, conociendo la alargada sombra del Gobierno chino en temas de información, nos trasladamos a Estados Unidos.

En la Universidad de Texas han recopilado los datos de 141 investigaciones realizadas en los últimos años. Sus conclusiones son alentadoras, veamos primero la parte positiva: el hijo único, si crece en un ambiente estable y armonioso, suele ser un niño bien adaptado, nada mimado ni problemático, que se siente seguro de sí mismo y con una autoestima alta. Además, suele saber mejor que otros niños lo que quiere y su cociente intelectual tiende a ser más alto que el de otros niños. Estos datos tienen una fácil explicación: el hijo único cuenta con la atención exclusiva de sus padres (el que no exista ninguna presión para defender su posición le da una base de seguridad y confianza en sí mismo); se mide con sus padres y goza del privilegio de poder hablar con ellos sin intervenciones de un hermano, lo que favorece su desarrollo intelectual; y al gozar de una alta autoestima, vive una fuerte sensación del ‘yo’, lo que potencia su creatividad e imaginación y también favorece su afición a la lectura.

Pero no todo es de color rosa… Está comprobado que los hijos únicos son más egocéntricos, siempre quieren ser el centro de atención y les cuesta mucho esperar su turno y compartir (una conducta que tendremos que trabajar los padres). Además, están muy pendientes de sus progenitores, siempre intentando complacerles; algo lógico si tenemos en cuenta que son su punto de apoyo emocional más importante. Por eso, siempre intentan comportarse como “es debido”, lo que se traduce en que, en ocasiones, adoptan comportamientos más propios de los mayores, dando la imagen de pequeños adultos, aunque en su interior

sigan siendo niños.

De momento, Martina no baila con el espejo, sino con nosotros. Y a los tres nos encanta.

PD: Dice Michel (el padre de la criatura) que muchas finales se ganaron con un penalti en el último minuto. Y que ya veremos con quién baila Martina de aquí a dos años…

 

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