Córtame el pelo, abuelo

 

Como a toda madre primeriza que se precie, todas “las primeras cosas” de Olivia me hacen mucha ilusión. A veces cuando lo cuento en la oficina y me oigo a mí misma, me pregunto si mis compañeros estarán pensando que me he vuelto tonta. Menos mal que la mayoría tienen hijos y saben lo que es esta etapa… “ay, qué mona, que ya se sienta, ay qué linda, ya come con cuchara, ay, qué lista, pero si señala la luz”… ejem… cosas de ese estilo.

En las obligaciones de toda madre primeriza que se precie está hacer una foto de la primera vez de todo: el primer baño en casa, el primer paseo en mochila, el primer diente y el primer corte de pelo, entre otras cosas.

Seguro que estáis pensando que llevé a Olivia a una de esas peluquerías requetemonas especializadas para niños como FashionKids. (Por cierto, que a su fundador le entrevistaron hace poco en el suplemento “salmón” de El País y tiene una historia curiosa detrás. De origen venezolano, trabajaba en un banco en nuestro país, donde le sorprendió que no había este tipo de peluquerías infantiles, que en su país son muy habituales y decidió abrir una. A partir de la cuarta, dejó su trabajo para dedicarse a su negocio. Ya tienen 17).

Pero no, no llevé a Olivia a FashionKids, porque tenía una tradición que cumplir y le cortó el pelo su propio abuelo. Mi padre regenta una peluquería masculina, que ya era de mi abuelo, y su historia se remonta a antes de la guerra.
Bajo el nombre de Peluquería Emiliano Cantalapiedra (nombre de mi abuelo y de mi padre), abrió sus puertas en 1932 en la calle José Antonio Armona, 28 de Madrid, entre Embajadores y Atocha. Mis abuelos cogieron el traspaso de otra peluquería que llevaba un señor que se llamaba Pocholo (vaya nombrecito para un peluquero) y, que en principio, era solo de caballeros.
En 1933 mi abuela decidió incorporarse al negocio para ampliar el mercado con un salón para señoras. Fijaos qué peinados hacía a las señoras de entonces. Igualito que la coleta que yo me hago…

La peluquería fue unisex hasta 1958, ya mi abuela tuvo que dejar de trabajar para atender a mi padre (y eso que fue hijo único). La conciliación laboral y familiar tampoco se estilaba.

La segunda etapa comienza en 1973, con mi padre al mando (aunque cuentan que mi abuelo, ya jubilado, seguía yendo para controlar el negocio). Se hizo una remodelación tanto del interior como del exterior. Como estaban de moda Los Beatles y mi padre era muy moderno (tocaba la guitarra en un conjunto, como decían entonces), la fachada es de estilo inglés y las paredes del interior se decoraron con charol naranja. A mí siempre me han encantado las letras del cartel, donde pone peluquería.

En esa época fue incluso escenario del rodaje de una película de la famosa etapa del destape del cine español, “La vendedora de ropa interior”, glorioso título en el que salía un Ramoncín todavía sin operar. También fue lugar de una de las bromas de “Objetivo indiscreto”.

La Pelu, como la llamamos en casa, guarda entre sus paredes momentos entrañables, como cuando de pequeños nos servía para representar nuestras obras de teatro, o donde incluso los Reyes nos dejaron una Vespino porque no habían podido subirla a casa. Allí a mi padre se le ocurrió ponerme flequillo por primera y última vez en mi vida, porque para un pelo rizado como el mío no es lo más conveniente, la verdad. Y ahora también es el lugar donde el abuelo corta el pelo a su primera nieta.

 

 

 

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