Dr. Jekyll en casa y Mr. Hyde en la guarde

 

6.30 horas. Martina demanda su desayuno, a golpe de garganta. Tras enchufarle un biberón de leche con cereales, la vuelvo a acostar y decido quedarme despierta para aprovechar la hora y media que resta hasta que vuelva a despertarse; esta vez, definitivamente. Es su primer día de guardería y quiero asegurarme de que todo está en orden: su bolsa de pañales, dos recambios de ropa, cremita para el culo, chupete, babero y su osito para dormir (cuando la inscribí y vi que en su ficha apuntaban lo del osito me quedé ojiplática porque nunca hubiera pensado que era tan importante, así que decidí meterlo en su mochila).

Y ahí estamos los tres, en la puerta de la guardería. Entramos silenciosos, sin mirarnos, sin decirnos palabra. Michel porque el hombre es muy sentido y le cuesta horrores dejar a su niña en un sitio extraño lleno de gente extraña y yo porque tengo un come-come por dentro, mezcla de tristeza y remordimiento. Atravesamos la puerta de la que será su clase durante los próximos siete meses de vida y por fin conocemos a su profesora: una chica de unos 22 años, monísima, delgadísima y simpatiquísima. Esto empieza bien. Lo que ya nos gusta menos es el concierto de toses, estornudos y los viajes de pañuelos moqueados que circulan entre los niños. “Uff, esto es así hasta abril”, nos advierte su profesora. Mira qué bien.

Le explicamos que aunque es bastante sociable no sabemos cómo va a reaccionar cuando nos vayamos. Alargamos un poquito más el momento de la despedida, haciéndole un interrogatorio que ni el Tercer Reich: “¿A qué hora comen?, ¿qué clase de yogures les dais?, ¿y la siesta?, ¿les sacáis al patio?”. A estas alturas seguro que por la mente de la profesora sobrevuela una idea: “A ver si me acuerdo de pedirle a la directora un plus por padres primerizos”. Por fin nos despedimos de ella y la dejamos en la colchoneta junto con sus nuevos compis. Nos alejamos poco a poco y marcha atrás pero ella no parece inmutarse, tan absorta como está jugando con un puñado de bebés de entre 6 y 12 meses.

Cerramos la puerta de su clase, la del patio y la de la guardería y para cuando estamos en la calle nuestra cara ha pasado de modo tristón a modo tanatorio. Yo tengo el corazón blandito y una incómoda sensación de haber hecho algo malo, muy malo; como si en lugar de una escuela infantil estuviéramos abandonando un campo de concentración. Las dos horas y media que Martina estuvo en la guardería (“periodo de adaptación” lo llaman ahora) se nos hicieron inmennnnnnnnnnsamente largas y media hora antes de la hora acordada ya estábamos plantados en la puerta. “Ya están aquí los primerizos”.

Martina ya lleva yendo un mes y el balance es la mar de positivo: diarrea, fiebre, conjuntivitis y bronquitis. Pero a cambio he presenciado uno de los documentos audiovisuales que más me han marcado en mi vida: un video en el que graban todas sus actividades; desde pintar un árbol gigante con chocolate hasta juegos para trabajar su psicomotricidad. Y digo que me ha llegado al alma porque todavía me cuesta creer que la del video fuera Martina.

La jodía se dormía sola, comía en una mesa, sentada en su sillita, jugaba tan tranquilita con el resto y ¡la cambiaban el pañal tumbada! Así que una de dos; o mi niña es tan lista que ha desarrollado la capacidad de desdoblamiento de personalidad o nos toma el pelo como primerizos que somos. Y lo digo porque en casa necesitamos cuatro manos (y un día de estos le pedimos al vecino que baje a echarnos una manita) para poder cambiarla de ropa (desde pequeña no trabaja la postura horizontal), come en su trona tirando todos los juguetes al suelo e intentado ponerse de pie y duerme aferrada a nuestra mano (y cuídate mucho de soltársela porque los decibelios de sus berridos pueden acabar con la poquita paz interior que te quedaba).

Otra de las cosas curiosas que hemos presenciado es el efecto de las neuronas espejo. Sí hombre, las que provocan que cuando el de al lado se está partiendo de risa, en lugar de cagarte en él pensando “¿Y de qué (palabra vetada) te ríes?”, tú hagas exactamente lo mismo. Lo que extrapolado al mundo bebé se traduce así: si uno llora; los demás, también; y si ríe y se lo pasa en grande, el resto le imitan. Ahora están de moda porque su descubridor, el italiano Giacomo Rizzolatti, se ha llevado el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica. Por  lo visto, las descubrió a principios de los 90 cuando estudiando el cerebro de los monos se percató de que había un tipo de neuronas que se activaban no solo cuando el individuo realizaba una acción concreta, sino también cuando observaba a un congénere realizar la misma acción. A partir de ahí han sido muchos los estudios que han demostrado que gracias a las neuronas espejo los seres humanos somos más empáticos. Curioso, ¿eh?

No quiero acabar mi post sin recordar que toda madre que se precie de llevar a sus criaturas a la guardería no puede olvidar las tres preguntas mágicas: ¿Ha hecho caca?, ¿cómo ha comido hoy? y ¿cuánto ha dormido de siesta? A mí ya me salen de la boca sin pensarlas, así que supongo que voy por el buen camino…

 

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