El caso de las zapatillas perdidas

 

El ser humano es extraordinario, dice la marca Aquarius desde hace varios años en sus fantásticas campañas de publicidad (obra de Sra. Rushmore, la misma agencia que hace las del Atlético de Madrid). Esto viene a cuento a que estas personas aparecen en los momentos más insospechados.

El pasado 2 de junio me fui a Las Rozas Village a comprarle a mi santo unas zapatillas Munich por su cumple. Yo tengo dos pares y siempre le hablo maravillas de lo cómodas que son y alguna vez que otra me había lanzado una puyita quejándose de que él no tenía ninguna. Así que no podía tener más a huevo el regalo.

Olivia, mi madre y yo nos plantamos en la tienda y en poco menos de quince minutos había elegido las zapatillas. Me las envolvieron para regalo y me metieron el ticket regalo en la bolsa (ojo a este dato, es importante para la historia). Genial. Nos dimos un paseíto y entramos en alguna tienda más, sobre todo porque tenía que comprar otro regalito para mi amiga Laura.

En una de ellas, Adolfo Domínguez, tuve la imprudencia de soltar la bolsa de las Munich para coger un bolso de una estantería… pero como mi cabeza no se ha recuperado todavía del postparto (recordad mi post Neuronas dormidas), allí que se quedó la bolsa.

Pasaron unos diez minutos hasta que me percaté que me faltaba algo y volví corriendo a la tienda. ¡Tarde! Una lista se la había llevado diciendo que era suya. Ya es grave que se lleven una bolsa abandonada pero que tengan la jeta de oír que alguien se la había dejado y decir que es suya…. me parece de una catadura moral de muy baja estofa.

Inmediatamente nos dirigimos a la tienda Munich a contarle mis penas al vendedor y a comprar otro par (el cumple era al día siguiente). Sinceramente no albergaba ninguna esperanza en recuperarlas. Alejo, el vendedor que me atendió, no solamente fue extraordinariamente atento, sino que se comprometió a hacer todo lo que estuviera en su mano por recuperarlas. ¡Y no fue una frase hecha sino que lo consiguió!

Como dentro de las zapatillas iba el ticket regalo, allí que se presentaron al fin de semana siguiente una pareja a cambiar las zapatillas de modelo y de número.(Claro, ya iba ser bastante casualidad que les valiera). Alejo había apuntado el número de ticket en la caja registradora por si él no estaba, pero dio la casualidad (o fue el destino, como él mismo me dijo) de que había cambiado el turno. Nada más abrir la caja se dio cuenta que eran mis zapatillas.

Y con toda la educación del mundo, les puso la cara colorada, reconocieron que se las habían encontrado (con todo el morro llegaron a decir que “si todo el mundo hiciera lo que es honrado, el mundo iría mejor…”) y entregaron las zapatillas “perdidas”.

¿No os parece alucinante? Pues además Alejo consiguió que los de Munich me devolvieran el dinero de uno de los dos pares.

 

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