El orden de los apellidos no altera el producto ¿o sí?

 

Mucho antes de tener a Martina yo ya tenía claro que, llegado el momento, intentaría que la criaturita que saliera de mis entrañas llevara mi apellido primero. Mejor dicho, que tuviera un 50% de posibilidades de conseguirlo. ¿No se forma el cigoto con un espermatozoide y un óvulo? Pues eso, fifty-fifty para los dos.

Cuando ya mi tripa empezó a asemejarse a un globo terráqueo decidí sacar el tema del orden de los apellidos porque no las tenía todas conmigo, pero pasaban las semanas y ahí nadie tomaba una decisión. Al final decidimos que cuando llegara el momento lo echaríamos a suertes (con una moneda y testigos imparciales), así que cuando ingresé en Urgencias con unas contracciones que me parecieron un paseo (antes de que llegara la porculera oxitocina) volví a sacar el tema: “¿Lo decidimos ya?”. “Tranquila, tranquila, hay tiempo”, me calmaba Michel con una mosqueante serenidad.

Entre respiración abdominal y respiración abdominal (si algo me quedó claro en mis clases de preparación al parto fue esto) yo visualizaba la escena en plan peli americana: la moneda saltando por los aires a cámara lenta, el aterrizaje en el suelo y un final apoteósico con el ginecólogo, la matrona y las enfermeras aplaudiendo al unísono. “Por favor, póngase en posición que le vamos a hacer un tacto rectal”. “¡Por Dios, qué mal suena eso!”. De nuevo, en la realidad.

La primera vez que nos preguntaron el apellido de Martina, le explicamos a la enfermera que todavía no lo habíamos decidido, mientras sonreíamos como pardillos. “No hay problema, yo apunto ahora el que me digáis y luego lo podéis cambiar, si queréis”, nos explicó“Pues ponga Ordóñez, que es el de ella, y si eso, ya lo cambiamos más tarde”, resolvió Michel muy decidido.

En España todavía son pocas las parejas que se plantean invertir el orden de los apellidos.Lo más habitual es optar por el del padre, porque es lo normal, lo tradicional, lo que espera la familia. Y alterar lo previsible no suele gustar y encima para ti es un marrón porque has de dar explicaciones que no siempre te apetecen. Recuerdo a una amiga que se mostró hasta indignada con mi decisión (“¡Pero qué más te da!”, me recriminaba). Y por vigésima cuarta vez me veía obligada a exponer mis argumentos.

Desde 1999 en España se puede invertir el orden de los apellidos para que el de la madre figure el primero, pero si no hay acuerdo entre las dos partes, prevalece el del padre.Ainssssssssss. Con lo bonita que había quedado la primera parte y van y lo estropean en la segunda…

El año pasado, sobre estas fechas, el PSOE impulsó un proyecto de Ley de Registro Civil en el que se proponía que, en caso de desacuerdo al inscribir a un recién nacido, el criterio a aplicar fuera el del orden alfabético (así sí que yo lo tendría chungo). En vista de la polémica generada, echaron marcha atrás y propusieron otra gran idea: en caso de desacuerdo, el encargado del Registro Civil tendría el marrón de decidirlo por él mismo, “atendiendo al interés superior del menor” (esto le deja mucho más tranquila a una).

¿Y en el resto de países se ponen de acuerdo? Pues tampoco demasiado, la verdad. Los únicos países en los que prevalece el apellido de la madre son Portugal y Brasil. Pero hay letra pequeña: el apellido del padre es el que se transmite a la siguiente generación. Así, alguien que en España se llame “Juan Padre Madre” en Portugal y Brasil se llamaría oficialmente “Juan Madre Padre”, pero su nombre simplificado, para los amigos o el trabajo sería Juan Padre y el apellido que transmitirá a sus hijos será también Padre.

En el resto de países europeos hay un poco de todo, aunque la norma general suele ser que las parejas deciden el orden de los apellidos o se decantan por uno solo (en Alemania, Reino Unido, Suiza o Bélgica solo se utiliza un único apellido), aunque en la mayoría de los casos se suele optar por el del padre. Y no es de extrañar si tenemos en cuenta que todavía en países como Francia, Suiza, Reino Unido, e incluso Estados Unidos, muchas mujeres adoptan el apellido del marido, que pueden conservar incluso tras un divorcio (como Bianca Jagger). El único país que se sale de la norma es Suecia, donde la pareja decide el orden de los apellidos y si no hay acuerdo se registra al niño con el de su madre.

Por cierto, Martina se apellida Ordóñez Jiménez. Gracias, Michel.

 

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