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Una de las tantísimas cosas que diferencian a las madres de los padres es la constante presencia del remordimiento en las vidas de las primeras. Sí, nos sentimos culpables por todo. Por sacarles de paseo a 0ºC porque se nos ha antojado comer ese día con pan; por vestirles de bollito de merengue para las visitas cuando la criaturita estaría infinitamente mejor sin los leotardos gangrenándole los muslos; por dejarles llorar media décima de segundo en la cuna mientras nos debatimos entre acabarnos nuestro bocadillito de jamón del bueno y acudir en su auxilio. Nos sentimos culpables por nimiedades y por causas de fuerza mayor. Y a veces nos sentimos culpables… ¡por no sentirnos culpables!

 Y lo mejor de todo es que, en ocasiones, nuestros remordimientos son contradictorios porque hagamos lo que hagamos, nos sentimos mal: por darles el pecho (“¿lo estaré haciendo bien?”, “¿se habrá quedado con hambre?”); por no dárselo (“como no tiene anticuerpos, los bichitos se la comerán entera”); por llevarles a la guardería (eso sí, nos autojustificamos la mar de bien: “Está demostrado que se sociabilizan antes”) y por no hacerlo (“Se la nota que le falta estimulación”). Nos sentimos culpables porque a veces intentamos escaquearnos del paseo diario mientras fuera un resplandeciente sol nos restriega aún más nuestro sentimiento de culpa o por endosarles un potito para comer (eso sí, ecológicos que son más sanos) porque se nos ha olvidado descongelar el casero y nuestra nevera está tan pelada que ni Arguiñano podría apañárselas.

Cuando nuestro come-come interno viene acompañado de comentarios externos, la cosa se complica aún más. “Esta niña se ha quedado con hambre”, “pobrecilla, si es que está harta de estar en casa…”, “¿Le vas a dar ese puré? Si parece aguachirri”. Y entonces en cuando un coro griego con muy mala leche, al estilo del de “Poderosa Afrodita”, nos grita con descaro: “Mala madre, mala madre, los dioses te castigarán”. Huelga decir que si nos escupen estos incisivos comentarios “de ayuda” en las primeras semanas de vida de nuestro retoño las hormonas automáticamente nos convertirán en el ser más desgraciado del planeta Tierra.

También nos asaltan los remordimientos cuando nos comparamos con otras madres. Con madres responsables, abnegadas, pacientes, divertidas. Las dos primeras especies son las peores, las más dañinas para nuestro ego maternal. Son aquellas madres que jamás alteran los horarios de sus hijos. Tú, mientras, paseas a tu hija por medio Madrid en busca de las últimas compras navideñas, antes de irte a cenar a casa de unos amigos a Hoyo del Manzanares (ese día no hay baño, la merienda es de bote y su sueño se reparte entre un sofá, la sillita de paseo y la del coche). “¡Mala madre!”, me grita el coro griego. A las madres abnegadas tampoco conviene tenerlas demasiado cerca porque nos hacen sentir muy malamente. Mientras ellas deciden tirarse toda la noche en vela cuando su bebé tiene mocos y respira entrecortadamente, yo no paro de darle codazos a Michel para que se levante él. “¡Mala madre, más que mala madre!”, el coro griego se envalentona.

En un artículo leo que “el remordimiento de las madres tiene una clara finalidad biológica: nos retiene junto a los cachorros, les proporciona seguridad, alimento y cuidados”. Pues oye, haber empezado por ahí. Ya me quedo mucho más tranquila, ¿y vosotras?

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COMENTARIOS
7

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  • zavilar 26/12/11

    Totalmente identificada, sobretodo cuando hace la tarde más soleada y divina del planeta después de meses de lluvia y yo no quiero, por nada del mundo, sacarla al parque: “¡Mala madre, más que mala madre!”. Un abrazo. Comparto el post!!!

    • Laura 01/01/12

      Sí, esas tardes de sol reluciente y tu cuerpo y mente, amodorradas, son malísimas para la conciencia de madre… Me consuela saber que no soy la única “mala madre” del mundo…Gracias por seguirnos Zavilar! Un besazo y FELIZ 2012!!!

  • Blanca 11/01/12

    Laurita, no sabes lo que me he podido reír con lo de “Mala madre, mala madre!!” … Jajajaja!
    Muy muy bueno! Un beso muy fuerte! :)

  • OLGA 20/01/12

    Jajaja, yo todavía me estoy riendo. Es buenísimo, real como la vida misma. No creo que te sirva de consuelo, pero el remordimiento te acompañará siempre. Así como otras cosas son temporales, lo de que duerma mal, que llore, que no coma, etc…. lo otro no se pasa nunca, luego viene el remordimiento y las dudas del tipo: habré elegido bien el colegio? (que por otro lado no lo eliges tú sino el ayuntamiento o la junta de escolarización, que nunca he sabido lo que es), seré demasiado exigente? seré poco exigente? le dejo ver la tele un poco más? le obligo a leer todos lo días?…. y así podría seguir hasta el infinito y más allá…. así que mucho ánimo, uníos madres del mundo con remordimientos. Bss

  • ¡¡¡Ayyyyy, qué identificada, por favor!!! Me he reído mucho, la verdad, pero leches, no deja de tener su punto serio, en el sentido de que parece que el caso es atormentarnos.

    Menos mal que ya tenemos el club de las malas madres para defendernos de las responsables, abnegadas, pacientes y divertidas. :D

  • Ay, este no lo había leído!! Esa soy yo, tal cual, tan #malamadre como tú… Igualita. Además siempre digo que las madres SIEMPRE nos sentimos culpables por algo…Exactamente :)
    Un besazo, guapas, nos vemos en el clusss
    (yo también quiero un coro griego)

  • Jajajaj muy bueno….es totalmente cierto que nos sentimos así muy a menudo. .mil besos