Elogio de la lentitud. I parte

 

Llevaba mucho tiempo con la idea de este post en la cabeza y finalmente mi padre ha sido el que me ha dado el empujón final al mandarme uno de esos power point con imágenes de paisajes en tonos pastel y música new age que normalmente suelen caer en el olvido de mi bandeja de entrada… Pero esta vez, no. Me detuvo su título: “Elogio de la lentitud”. Lo abrí y allí estaba Carl Honoré, el impulsor del movimiento slow y autor de obras como Elogio de la lentitud y Bajo Presión. Yo ya había oído hablar de él, pero reconozco que nunca había profundizado en sus ideas, así que esta noche he decidido parar el reloj y dejarme llevar… 

La clave: simplificar

Si un extraterrestre analizara mi día a día lo primero que le llamaría la atención es lo rápido que lo hago todo: desayuno rápido; me ducho a la velocidad de la luz; llevo a Martina a la guardería, sin prisa pero sin pausa; vuelvo a casa, con más prisa que pausa; hago las camas; recojo la cocina; saco del congelador el tupper de la cena de Martina; y pongo una lavadora (todo lo hago como si me estuvieran persiguiendo) y, por fin, me siento al ordenador a trabajar (¿por qué esa manía de pinchar el botón de “enviar y recibir” de manera compulsiva?). Y yo soy una periodista reconvertida en profesora de español que tiene una hija; no soy ninguna ejecutiva con empleados y tres hijos a su cargo…

¿Tan difícil es pararse?

En nuestra sociedad la gente va acelerada por la calle, la carretera, el metro, el supermercado, el gimnasio e, incluso, en los museos. Lo normal es que nuestra mente salte de un pensamiento a otro; que siempre esté activa. Pero ¿esto es bueno? Está claro que noEl cerebro rinde mucho más si puede desacelerar. Además, la calma interior mejora la salud y la concentración (hay investigaciones que confirman que el ser humano piensa más creativamente cuando está sereno). Y sobre todo, mejoraríamos nuestra relación con el de al lado. La gente no estaría tan estresada y, en consecuencia, tan agresiva.

Edward Norton y Naomi Watts en “El velo pintado”

Uno de cada seis españoles sufre estrésSiete de cada diez se sienten cansados y casi sin hacer nada, mientras que la otra mitad no tiene tiempo para hacer lo que realmente le apetece. Mi truco, cuando noto que me acelero, es ponerme música clásica. Imprescindibles: la música antigua de Jordi Savall, “Concierto para dos violines de Bach” (cada vez que la escucho me viene a la mente la impresionante escena de “Hijos de un Dios menor” en la que William Hurt intenta explicarle la belleza de esta música a su novia sordomuda) y “Gnossienne nº4” de Erik Satie (algunos la recordaréis por la película “El velo pintado”). Y últimamente también me he aficionado a los mantras de Snatam Kaur (influencia de mi hermano europeo-nepalí).

Vivimos en una sociedad en la que parece que nos enorgullecemos de llenar nuestras agendas (tanto  la laboral como la ociosa) hasta límites explosivos. Y ya lo decía Bertrand Russell en su ensayo Elogio de la Pereza (1935): “Una jornada (laboral) de 4 horas haría al hombre más amable, la vida sería lenta, dulce y civilizada”.

Sí, el objetivo (bajar la velocidad) lo tenemos claro; el cómo ya no tanto…

Hemos perdido la capacidad de esperar. En el trabajo todo es para ayer (yo ya tengo claro que la mayoría se inventa los timings y califica como urgente lo que simplemente es importante). Pero lo peor de todo es que este “virus de la prisa” también ha contaminado el resto de esferas de nuestras vidas: comemos rápido, nos relacionamos rápido (¿No me digáis que no esperáis a que vuestros amigos os respondan al instante a vuestras llamadas/mails/whatsapps/tuits/posts/SMS…?) y disfrutamos de nuestro ocio rápido (corriendo a sacar las entradas del cine, aparcando rápido para ir al teatro…).

Y estas prisas también empobrecen la manera de educar a nuestros hijos. Como no tenemos demasiado tiempo para dedicarles, les enchufamos a la televisión. Error. Cada vez más especialistas relacionan la tele con el déficit de atención. Por lo visto, la extrema velocidad visual de la pequeña pantalla ejerce un efecto negativo en los cerebros infantiles-juveniles. Incluso he leído que un vídeo de Pokémon lleno de luces destellantes que emitió la televisión japonesa en 1997 causó ataques epilépticos a casi 700 niños… De media, los niños españoles ven la televisión cuatro horas al día. No creo que se vuelvan epilépticos, pero supongo que el tiempo que permanecen frente a la caja tonta redunda en su mente (la tele les hiperestimula, a pesar de ser agentes pasivos ) y en su salud (más sedentarismo=más problemas de peso).

Carl Honoré publicó su “Elogio de la lentitud” en 2005

Pero volvamos a Carl Honoré: «Lo que denuncio no es la rapidez en sí misma, sino que vivimos siempre en el carril rápido y hemos creado una cultura de la prisa donde buscamos hacer cada vez más cosas con cada vez menos tiempo, que hemos generado una especie de dictadura social que no deja espacio para la pausa, para el silencio, para todas esas cosas que parecen poco productivas. Un mundo tan impaciente y tan frenético que hasta la lentitud la queremos en el acto».

Hay que reaprender el arte de la lentitud. Yo estoy en ello.

Continuará…

 

 

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