¿Eres mamá cruasán o mamá tigresa?

 

“¿Por qué los niños franceses se comportan siempre tan bien?”. Esta pregunta martilleaba sin parar en la cabecita de la corresponsal en París de ‘The Wall Street Journal’, Pamela Dcruckerman (madre de tres hijos). La periodista norteamericana no alcanzaba a comprender por qué los padres franceses logran que sus retoños coman civilizadamente en un restaurante y jueguen solos en el parque, mientras ellos se relajan en una terraza. Y empezó a investigar el tema hasta dar forma a un best seller que está arrasando en EE.UU. y que pronto llegará a las librerías españolas: “Bringing up bebé”.

En su libro, Druckerman compara la crianza de los niños anglosajones con la de los franceses. Frente a la sobreprotección estadounidense que fabrica pequeños tiranos malcriados y ruidosos, los franceses tienen el secreto para criar niños educados y juiciosos. Y para generalizar con fundamento, se basa en varios estudios que lo demuestran; el más popular es el que realizó la Universidad de Princeton en 2009 al comparar a las madres de Columbus (Ohio) con las de la localidad francesa de Rennes. El resultado era apabullante: a las madres norteamericanas les resultaba mucho más desagradable lidiar con sus vástagos que a la francesas. Está claro que estas últimas son mucho más diestras que el resto en un terreno tan personal y complicado como la educación de los hijos. Y ahora viene la pregunta del millón: “¿Cuál es el secreto de los franceses?”.

Para responderla, Druckerman (afincada en París desde 2003) solo ha tenido que echar un vistazo a su alrededor para fijarse en cómo lo hacían sus admirados papás franceses: “Cuando salíamos a comer a un restaurante con mi hija mayor, que entonces tenía 18 meses, mi marido y yo siempre dejábamos una propinas escandalosas para compensar las servilletas rotas y los calamares tirados por el suelo. Y a nuestro alrededor los niños franceses estaban sentaditos en sus tronas y comiendo sin rechistar”.

La clave: disciplina, establecer límites y sentido común. Hay que saber esperar y cultivar la paciencia (si un niño francés de tres meses empieza a llorar en su cana, los padres no le cogen hasta pasado un tiempo para que el bebé se acostumbre a dormirse solo) y nunca ceder a las rabietas ni enternecerse con las lágrimas de cocodrilo. La máxima está clara: “Los padres no deben de estar siempre al servicio de los hijos y no hay razón para sentirse mal por ello”.

Está claro que el método les funciona porque está comprobado que los niños franceses comen mucha verdura y fruta, en lugar de atiborrarse de cereales durante el primer año de vida; duermen más y mejor (desde antes de los seis meses); saben jugar solos; y son de los primeros en decir “hola”, “gracias” y “adiós” (se les enseña para que comprendan que no son el centro del mundo). Los padres franceses “no tratan el ‘tiempo de los adultos’ como algo ocasional ni como un privilegio que se han ganado, sino como una necesidad humana básica. Alientan al niño a jugar solo y los padres no sacrifican su vida social ni transforman sus hogares para proteger a los críos, lo que haría de ellos los tiranos de la casa (lo que nuestros vecinos llaman “L’Enfant Roi” (el niño rey)”.

La réplica a esta tesis no ha tardado en aparecer en muchos medios de comunicación británicos y norteamericanos, que afirman que el precio para conseguir esto es que el niño francés es formateado por los padres y el sistema educativo para ajustarse a un marco social uniforme, mientras el sistema anglosajón pone el acento en la creatividad y en la libre expresión del niño.

Si para los franceses los niños anglosajones están sobreprotegidos, no digamos ya para los chinos. Me explico: en este país las madres piensan que su función es preparar a sus hijos para el mundo cruel y competitivo que les espera. Y si para conseguirlo tienen que forjar su carácter a base de un autoritarismo feroz, no les tiembla el pulso al hacerlo. Todo esto se ve muy bien reflejado en “Himno de batalla de la madre tigre”, de Amy Chua, madre de dos adolescentes que tiene las cosas muy claras: “Las madres occidentales se preocupan más por la autoestima de sus hijos que por su esfuerzo personal; yo nunca aspiré a caerle bien a mis hijas, sino a criarlas en la excelencia y la tenacidad”Vaya joyita la Chua.

 

Una buena madre china le exigirá a sus hijos todo sobresalientes (el notable se considera un drama familiar), tocar bien un instrumento (el piano y el violín son los únicos que ayudan a forjar el carácter, según Chua) e incluso le llegará a humillar para “hacer crecer su amor propio (la autora del libro reconoce haber llamado a una de sus hijas “vaga, cobarde y patética” cuando la pobre criatura solo tenía 7 añitos). Ríete tú de los cachetes que nos soltaban a nosotros de pequeños.

¿Y en España qué somos? ¿mamás cruasán o mamás tigre? En mi corta experiencia como madre, yo todavía no tengo las cosas claras en este sentido, la verdad. Desde luego la filosofía de Amy Chua está años luz de la mía; si acaso, me inclino más por la educación francesa, aunque para mi gusto peca de un excesivo pragmatismo. Es cierto que la mayoría de los niños galos están muy bien educados (yo misma lo comprobé hace años en un vuelo a Isla Mauricio, inundado de parejas francesas con una media de dos niños, en el que apenas escuché un lloro), pero sinceramente me parece excesivo empezar a utilizar la palabra “disciplina” cuando solo tienen 3 meses… Por el momento, yo me voy manejando bien con el sentido común y los consejos de la guardería, donde veo que la tienen a rayaSupongo que lo más duro será cuando lleguen las rabietas típicas de los “terribles dos años”, pero como bien dice mi hermano  Álvaro, “bistare, bistare” (“poco a poco” en nepalí).

 

 

 

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