Explorando Escocia con Martina (I parte)

 

 

Lo primero que me llamó la atención de Escocia fue lo poco poblada que está (tiene poco más de cinco millones de habitantes), lo que acentúa aún más su encanto. Y es verde, tremendamente verde. Una región maravillosa, salpicada por lagos, montañas y castillos, donde la gente parece que siempre está de buen humor. Conducen por la izquierda, utilizan libras, miden las distancias en millas, la corriente funciona a diferente voltaje, utilizan palabras muy raras (“loch” en lugar de “lake” o “kirk” en lugar de “church”: gaélico, por supuesto) y comen de pena; pero eso sí, son un encanto.

Antes de narrar nuestro periplo por Escocia, una pequeña ficha técnica de nuestro viaje:

El primer día Martina no soltó la guía de Escocia

Una vez aterrizamos en el aeropuerto de Edimburgo (3 horas de vuelo con easyJet, la única compañía que vuela directo desde Madrid), alquilamos un coche con Europcar (es la empresa con más demanda, así que tuvimos que esperar más de una hora a que nos atendieran) y nos dirigimos a Glasgow. Me consta que la hora que tardamos en llegar a Michel se le hizo interminable (además de conducir por la izquierda, nos tocó un coche automático). Dormimos en Glasgow Pond Hotel. Bastante recomendable. En este alojamiento ya nos dimos cuenta de dos cosas: el funcionamiento de las duchas es maquiavélico y ningún hotel dispone de minibar (muy útil para guardar la leche de los biberones y los yogures), así que aprovechábamos el alféizar de las ventanas a modo de nevera improvisada.

Los edificios medievales de Glasgow no tienen desperdicio

Glasgow nos sorprendió positivamente ya que no habíamos oído hablar muy bien de ella y en realidad tiene su encanto. Es una ciudad pequeña (unos 600.000 habitantes), tranquila y muy atractiva para todos los amantes de la arquitectura gracias a las obras de Mackintosh, un arquitecto y diseñador escocés de estilo modernista (House for an Art Lover, la Glasgow School of Art o las teterías Willow). La catedral es preciosa y justo enfrente descubrimos la casa más antigua de Glasgow (Provandis Lordship), donde se alojó la reina María Estuardo en el siglo XV. Pasear con niños (con o sin carrito) es bastante cómodo ya que tienen muchas calles peatonales (Buchanan, Sauchiehall o Argyle).

La travesía en barco que recorre Loch Lomond dura una hora

Desde Glasgow nos desplazamos a Loch Lomond (a unos 25 minutos), un parque natural precioso que incluye un lago enorme (37 km de largo y 8 km de ancho) que recorrimos en un barquito muy mono (con su moqueta y todo) durante una hora. Las inmediaciones del lago son preciosas: enormes explanadas verdes donde Martina se lo pasó en grande jugando al fútbol. Nos alojamos en el bed & breakfast Sunnyside, regentado por Frank y Lorraine, un matrimonio majísimo enamorado de Gran Canaria. Aquí ya nos percatamos de que a Madrid nos íbamos a llevar unos kilitos de más cuando Frank apareció con nuestro desayuno: porridge (especie de gachas de avena), huevos, bacon, salchichas, haggis (embutido a base de vísceras de cordero con especias, similar a la morcilla), alubias, tostadas y croissants. Todo muy light.

Encantada con los patos de Luss

La habitación y el baño (con barbie vestida de croché incluida) eran pequeños y la decoración de las zonas comunes destilaba un estilo… dejémoslo en kitsch, pero eran tan simpáticos que mereció la pena. Antes de abandonar esta zona, nos detuvimos en Luss, un bucólico pueblecito situado a 15 minutos que Lorraine nos había recomendado. Y la visita mereció la pena.

A Oban se la conoce como “la puerta a las islas”

Al día siguiente nos dirigimos a Oban, conocida como “la puerta a las islas” porque desde allí parten muchos ferries en dirección a las islas Hébridas. Su paseo marítimo, sus puestos de pescado fresco en el puerto y la imagen de la McCaig’s Tower (imitación del Coliseo romano) iluminada no tienen desperdicio. Aquí dormimos en el albergue juvenil de la ciudad. Todo un descubrimiento: la habitación era enorme y tenían un montón de servicios gratuitos (parking, cocina, salón, ordenadores con Internet y hasta un baúl de juguetes a tu disposición). En Oban hicimos nuestra primera incursión en un fish&chips (a las patatas les echan sal y vinagre) y descubrimos un café más que recomendable (100% baby friendly): Oban Chocolate Company.

Tobermory (Isla de Mull) es una pequeña ciudad de cuento

En Oban cogimos un ferry hasta la isla de Mull, la segunda isla más grande del archipiélago de las Hébridas Interiores. Durante los 45 minutos de trayecto conocimos a un señor vasco que llevaba 30 años en Escocia y que se encargaba de arreglar cosillas en el barco (lo que ellos llaman “un ingeniero”). “Aquí los inviernos son mucho más duros que en mi tierra, pero me casé con una escocesa y me quedé”, nos confesó con algo de morriña. Desembarcamos en Craignure, desde donde condujimos basta Tobermory (una hora), una mini ciudad de cuento con casitas de colores que nos atrapó enseguida. El hotel era normalito (su comida, terriblemente mala), pero eran tan amables que lo modesto lo convertían en agradable.

Y hasta aquí la primera parte de nuestro periplo viajero por tierras escocesas. La segunda entrega, que incluirá dos platos fuertes (la isla de Skye y Edimburgo), en mi próximo post.

 

 

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