La batalla del puré: ¿Eres de olla o de robot?

 

Ahora que he entrado en la etapa puré, aunque todavía sin mucho éxito, os hago esta pregunta: ¿sois de olla o de robot? Reconozco que el asunto de la olla me aterraba desde hace meses. Me da una pereza tremenda sacarla, hacer una cantidad enorme de puré, guardar en “tuppers”, congelar y luego limpiar todo. Ya sé que para algunas de vosotras, como Laura, es mucho más cómodo y te olvidas de cocinar en un par de semanas, pero yo me imagino mi cocina como un campo de batalla, como en el anuncio de Cillit Bang.

Por otro lado, la idea de un robot tampoco me atraía. Tengo una cocina pequeña y una vez que me he desprendido del esterilizador y he vuelto a ganar espacio no me apetecía volver a tener un engorro más en la encimera. Además si le menciono a mi marido las palabras “robot de cocina” le puede dar un síncope. Si dice que está en contra la Thermomix porque piensa que es una secta…

Un día fui a ver a su casa a una amiga-mamá y allí encontré lo que pensaba que era la solución perfecta para mí: el robot de Chicco que cuece al vapor y tritura. La diferencia con la mayoría es que es pequeño y solo sirve para hacer una dosis de puré. A la hora de la limpieza, solo hay que lavar una pequeña jarra. Le vendí la moto, o sea el robot, a Fede y aceptó pulpo como animal de compañía.

Gracias a otra amiga, recibí el robot como regalo justo dos días antes de que comenzara la batalla de los purés. Lo monté y leí las instrucciones o creí hacerlo porque los dos primeros días estuvimos echando agua en la jarra donde van las verduras. Meeec. Error. Solo hay que echarlo en la caldera.

Día 1. El puré se lo hizo su padre. Cuando llegué de trabajar me dijo: “no lo ha querido”. Bueno, normal, la pediatra dijo que pasaría así unos días. Fui a la cocina y allí lo vi. Cogí una cuchara para probar lo y…. puaff. No me extraña que no lo haya querido. Era un engrudo que parecía cemento (lo siento Fede, lo cuento desde el cariño)

Día 2. Al echarle en cara a mi chico lo del engrudo, al día siguiente el pobre lo hizo con tanto líquido que parecía aguachirri. Al llegar a casa me lo encuentro dándole el biberón. “No lo ha querido hoy tampoco”, me dice el tío. No me extraña, si seguimos así va a odiar las verduras toda la vida sin haberlas probado en un puré decente.

Día 3. A la tercera va la vencida, pensé. Por fin caí en que había leído en la caja que era un robot para cocinar al vapor o sea que a lo mejor no había que echar agua para hacerlas. Volví al libro de instrucciones, ese terrible cuadernillo de letra enana sin fotos, para comprobar mi teoría. Efectivamente en ningún sitio pone que haya que echar agua en la jarra, pero lo mismo es como lo de la sal en las recetas de cocina, que casi nunca ponen que hay que echar sal y a mí se me olvida siempre. Confirmé mi sospecha vía SMS (gracias, Gema) y le di las instrucciones correctas a mi madre. Y le salió un puré de rechupete. Pero tampoco lo quiso la jodía.

Días 4, 5 y 6. Mismo resultado negativo.

Día 7. Como nos fuimos de fin de semana rural, compramos potitos de fruta y verdura. No sé qué llevarán pero el de fruta le encantó y el de verduras, por lo menos se dignó a tomar unas diez cucharadas.

En fin, la batalla continúa…

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