La mona, los gafotas y la teoría del regaliz

 

Hace unos días me topé con la noticia de que la empresa Fiesta, el fabricante español de caramelos, chicles y otras golosinas, pasaba por dificultades financieras y sus productos podrían desaparecer. Mi corazoncito se encogió un poco. ¿Mi hija no conocería los Fresquitos, las piruletas de corazón, los chicles Tico Tico ni los chupachups Koyak?

 

Reconozco que las chucherías me chiflan desde pequeña. Después del cole había dos posibilidades para comprar gominolas: la “tienda de la mona” y el “quiosco de los gafotas”. Dos lugares míticos de mi infancia.

La “tienda de la mona” era un pequeño local, al que había que bajar por unas escaleras (yo las recuerdo empinadas) y que tenía las típicas cajas de plástico con las gominolas. Mis trío de preferidas siempre han sido los dedos, las fresas y los huevos fritos.Después las moras y los regalices, pero los rojos (y aquí lanzo una teoría sin fundamento: los niños se dividen en dos clases, los que les gustan los regalices rojos y los que les gustan los negros.Nunca conocí a ninguno que le gustaran los dos).

Esta tienda era tan antigua que mi madre y mis tías llegaron a conocer a la famosa “mona” cuando eran pequeñas y compraban allí caramelos. “Tenía una mala leche la mona que no veas”, recuerda mi madre. Aunque claro la versión de una de mis tías es que iba a la tienda a comprar con sus amigas y a “cabrear a la mona”. Vamos, como para no tener mala lecha la pobre mona, encerrada en una jaula y rodeada de niños con ganas de mosquearla.

Cuando la mona cerró, había que ir al quiosco llamado “de los gafotas”, que estaba regentado por una pareja de hermanos miopes perdidos los pobrecitos, que llevaban esas gafas de culo de vaso y que además de ser feos, eran antipáticos a más no poder. Odiaban a los niños o eso parecía y fueron “castigados” con un quiosco en la puerta de un colegio. Qué ironía.

Además de los chicles Tico-Tico (“Mari Cruz, tira el chicle de sandía que lo huelo desde la pizarra”, me regañó una profesora de informática, que premonitoriamente se llamaba igual que mi suegra), allí compraba mi revista preferida de esa época: “Tele-Indiscreta”, que venía con las pegatinas de la serie “V “para coleccionar. Años después, vendían a los mismos niños ya creciditos cigarrillos sueltos a 15 pesetas (a mí no, mamá).

Ahora mi consumo de gominolas ha descendido drásticamente y no porque me hayan dejado de gustar. Solo me las permito muy de vez en cuando, a la entrada de un cine o cuando paso por delante de una tienda Oomuombo, que con la excusa de que son gominolas “naturales”, que están libres de grasas trans y no contienen colorantes artificiales, el capricho entra sin tanta culpa.

 

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