La vida es puro teatro

 

El pasado domingo Cruz, otra buena amiga y yo nos llevamos a nuestros respectivos bichillos al teatro. Olivia, Darío y Martina no suman ni tres años entre los tres, pero como madres aventuradas que somos decidimos que ya había llegado el momento de ir introduciéndoles en el mundillo cultural de Madrid. La experiencia no dejó indiferente a ninguno.

A las 11.00 de la mañana el hall del Teatro Fernán Gómez de Madrid ya está abarrotado de pequeños de 3 meses a 3 años que, ajenos a lo que les espera, gatean, chillan, corretean y juegan entre ellos (traducido al idioma infantil: se roban los juguetes de mala manera). En un intento por entretener a Martina, decido sacar mi cajita mágica, esa que siempre llevo en su bolsa de para distraerla mientras come. Resultado: una horda de niños se apiña en torno a este pequeño tesoro en busca de juguetes, cual aves rapiñas tras sus presas. “Ay, madre, ¡ya la he liado!”, pienso para mis adentros, pero afortunadamente todos los allí congregados, mayores y pequeños, pertenecen a esa rara especie de gente educada y respetuosa y el tema no va a mayores.

Antes de pasar a la sala, el director de la obra nos reúne a padres y niños para introducirnos un poco en el montaje (protagonizado por la actriz brasileña Clarice Cardell) y para darnos unas pequeñas indicaciones de cómo comportarnos en la sala (“Intentad no señalar con el dedo hacia el escenario para enseñarles a vuestros hijos lo que está pasando”). A los 5 minutos de su charla, Martina ya está en la otra punta del hall, intentando ponerse de pie y gateando como si la hubiera poseído el espíritu de Speedy González, así que el speech del director lo oigo de fondo (”Los niños son como poetas…”), mientras mis neuronas se clavan en ella, por miedo a que la monte.

Por fin, se levanta el telón. Empieza “Desayuno frágil” (10 euros los adultos y 6, los niños). En un escenario con atrezzo en tonos blancos y de estética nostálgica atisbamos la silueta de una mujer. “Mira, mira, Martina, ¿ves a la señora?”. Primera cagadilla. El director de la obra se me acerca muy educadamente para comentarme que mejor no hable. “Perdón, perdón”. Tras cuatro minutos con Martina sentada en mi regazo la criatura debe de pensar que aquello ya ha sido suficiente y empieza a estirarse como la niña del exorcista, intentando tirarse al suelo. Tras unos segundos de forcejeo, con grititos incluidos, me veo obligada a exiliarme al fondo de la sala, donde permanezco de pie, con Martina en brazos, intentando calmarla. Intento fallido. Solución: abandono la sala.

Una vez en los pasillos del teatro, Martina despliega toda su energía contenida y empieza a husmear entre los carritos de los niños, aparcados en una improvisada consigna para bebés. No sé cómo la pobre puede sobrevivir a las ráfagas de miradas asesinas que le lanza uno de los trabajadores del teatro. “Zona hostil, mejor abortamos operación”. Y eso hago: cojo a Martina en volandas y la saco de la consigna, pero ella ha decidido que esa tarde su misión de hija puñetera es dejarme mal, así que vuelve a la carga una, dos, tres y hasta cuatro veces. La yugular de este hombre empieza a hincharse cada vez más y en esas estoy cuando sale la acomodadora de nuestra sala para pedirme que por favor aleje un poco a la niña porque se la escucha desde dentro. “No puedo estar en la sala, no puedo estar en los pasillos; si quieren, me salgo a la Plaza Colón a tomar el fresco, total, solo hace 3 apetecibles grados”. Lo pienso, pero no lo digo.

Por fin, consigo que Martina se calme un poco y decido entrar de nuevo en la sala; eso sí, pegadita a la puerta no vaya a ser que a Martina le dé de nuevo por dejarme en evidencia. Y en esos 10 minutos de tranquilidad me percato de algo increíble: todos los niños permanecen calladitos y concentrados en lo que están viendo. Ocasionalmente se oye algún comentario espontáneo, pero durante los 30 minutos de función la platea infantil se comporta como un público adulto. “Esto tiene que estar pensado porque si no, no lo entiendo”. Y efectivamente, así es. Al final de la obra, Clarice, que pertenece a la compañía La Casa Incierta, nos explica que sus montajes nacen de la observación de los niños en escuelas infantiles y de la cotidianidad que comparte con sus hijos: “Está todo muy trabajado; el texto, la música, los poemas visuales…”.

Para mi gusto, y teniendo en cuenta que me salté más de la mitad de la obra, pecaba de demasiado abstracta y lenta, pero está claro que al público le encantó. Y estamos hablando del público más exigente de todos, incluidos Olivia y Darío, que se portaron increíblemente bien, teniendo en cuenta que tienen nueve y once meses, respectivamente. Martina también se lo pasó bien, pero a su manera. La que no disfrutó tanto fui yo, que acabé pelín alterada, así que qué mejor manera de acabar este post que con la canción que cierra “Mujeres al borde de un ataque de nervios”: La vida es puro teatro…

 

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