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Hace unos meses, allá por octubre del año pasado, leí un post muy gracioso en el blog de las siempre inspiradoras malasmadres, titulado “El yo nunca haría de una madre”, y que hablaba de todas aquellas cuestiones que antes de ser madres afirmábamos con rotundidad que no haríamos, y en las que fuimos cayendo una vez presente el churumbel en nuestras vidas.

Teniendo en cuenta que la coherencia es un valor que tengo (vete tú a saber por qué) excesivamente arraigado y valorado, he de decir que en aquel momento intenté pensar en cosas que había afirmado y luego aflojado y no me salían muchas, y no porque sea de poco prometer (que lo soy) sino porque soy “un poco” cabezona (tesonista, decimos en casa), y si para muchas el lema es “antes muerta que sencilla” para mí  es “antes muerta que incoherente”, lo que me ha llevado en muchos momentos de mi vida, especialmente con la maternidad, a ser, probablemente, excesivamente estricta e inflexible ¡conmigo misma!

Pero hete aquí, que a los pocos días de leer aquel post, me veo a mí misma rompiendo uno de esos “yo nunca”, y es ese de:  “Yo nunca le compraré un disfraz de tienda de chino a mi niño” Porque para algo sé coser (un poco) y porque aunque sea poco dinero no es coherente con mi firme oposición al concepto de “usar y tirar” (esta la traigo puesta de serie, no es postureo de siglo XXI sino que me viene de una familia criada en la posguerra en una zona rural dura y pobre, donde NUNCA se tira nada… hasta límites que rozan el síndrome de Diógenes, y que reforzó hace muchos años el documental “Comprar, tirar, comprar”, que acabo de comprobar que sigue colgado de la web de RTVE. Pero ¡ay amigas y amigos! Llevo cayendo en el formato disfraz a 5 euros desde hace ya mucho tiempo.

dario disfrazado de mariquita

Si Halloween es una fecha que fácilmente recuerdo (no por Halloween, sino porque en mi pueblo, en ese que se acumulan sin límite las cosas “que para algo valdrán”, la fecha de “Todos los Santos” es clave en el calendario) Carnaval es un momento que me despista. No recuerdo haberlo celebrado de niña, ni tampoco después, y esto hace que se me venga encima la fecha sin margen de actuación.

Generalmente, cuando tengo las fechas de disfraces encima busco a la desesperada una idea DIY en internet, algo que me lleve poco tiempo hacer y que sea casero. Y entonces, te topas con el ejercicio de hipocresía más grande que jamás se haya visto (cuánto daño ha hecho Instagram a los que nos considerábamos “mañosos” y ante esas fotografías de revista de “decora tú jardín tú mismo” y “disfraz casero infantil”, te tiran la moral por los suelos), y te desmoralizas… “no voy a llegar”.

Y es que, no es sólo que mis conceptos de “rápido” y “fácil” son muy distintos de los que circulan por la red, sino que mi hijo, al final, resulta siempre menos estiloso una vez disfrazado que esos angelitos que aparecen en pantalla.

dario pirata

La primera vez que me di cuenta de que no conseguiría una foto a lo Anne Geddes de Darío disfrazado fue una tarde en Little Kingdom (un pequeño y agradable espacio infantil al lado de mi casa, donde les dejan disfrazarse nada más entrar), donde había quedado con una, ahora amiga, y entonces, recién compañera de trabajo, y sus dos hijas. Les pedimos a los tres peques, disfrazados, que posaran para una foto, y el resultado fue más parecido a una rueda de reconocimiento que a una de esas fotos de revista que nos hubiera gustado. La verdad es que la foto nos dio mucho juego durante mucho tiempo, porque las risas que nos echamos fueron sinceras.

Por aquella época Darío estaba en la guardería, y yo todavía me mantenía firme en mi “yo nunca”, así que una noche me quedé despierta hasta altas horas (las 11 o así, que soy madre, no persona) para hacer un disfraz de Robin Hood para la fiesta de Navidad. Con unas tijeras y dos trozos de tela, conseguí varias cosas. Una, un gorro sencillo (pero sencillo de verdad) y muy resultón que valía tanto para Robin Hood como para Peter Pan (algo como esto pero con grapas); dos, cortarme un dedo con las tijeras (poco, pero en un sitio lo suficientemente molesto como para recordar durante semanas la osadía); y tres, aprender a gestionar la frustración… ¿ein? Pues sí, porque Darío se puso malo el día señalado y no fue a la guardería.

Y fue entonces cuando empecé a ceder… Que si total el disfraz de calabaza le vale para dos años porque es amplio y luego se lo prestamos a sus primas… Que si en vez de un disfraz entero le compro unos accesorios (que me cuestan lo mismo o más) y ya complemento yo con algo en casa… Que si nos dejan uno prestado y como es prestado, no le voy a hacer ascos, aunque él quiera ir de tigre y el que nos dejan sea de mono… Y así llegamos al carnaval 2017: sin disfraz, por supuesto, y corriendo la tarde anterior a comprar uno, de lo que sea, y que sea baratito… que ¡para una vez que se lo va a poner!

 

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