Mamá, déjame aburrirme un poco

 

En poco menos de tres semanas leo dos artículos, uno de Carmen Posadas y otro de Carme Chaparro, reivindicando el derecho a aburrirse de los niños. Enseguida escuché a una vocecilla en mi interior que me decía, en muy mal tono, “Lo ves, si es que estás agobiando a la niña con tanta actividad lúdico-formativa…”. 

Los lunes: matronatación

Hoy día nos obsesiona que los niños tengan la agenda de un ministro.  Según salen de la guardería (o colegio) los llevamos a natación, taekwondo, inglés, cuentacuentos, talleres de todo tipo… Parece que está prohibido parar, estar tranquilamente en casa sin hacer nada o hurgando en sus juguetes; incluso aburrirse. ¡Pues anda que no nos hemos aburrido nosotros de pequeños! Incluso esas tardes en el pueblo donde la imaginación ya había llenado todas las horas posibles con los juegos de siempre y después de comer nos negábamos a dormir siesta y te solías aburrir como una ostra.

Nuestros padres intentaron darnos la mejor educación posible, incluso ya nos apuntaban a actividades, pero el devenir de la sociedad actual, competitiva y estresante, hace que esta obsesión se nos haya multiplicado. Y se me ocurren tres factores:

Teatro infantil en La escalera de Jacob (Lavapiés)

En primer lugar, la falta de tiempo hace que tengas la necesidad de sentir que estás el máximo tiempo posible haciendo actividades con tus hijos para no arrastrar los dichosos remordimientos de conciencia. Vivimos unos tiempos donde resulta inverosímil estar sin hacer nada; no puedes tener la sensación de estar perdiendo el tiempo y que el niño se aburra. Es más, solo tenemos que fijarnos en nosotros mismos que solemos hacer dos y tres cosas a la vez.  Dentro de este factor incluiría el deseo de darles la infancia que a ti te hubiera gustado tener, lo que conlleva estar en un continuo Disneyland que alterna actividades lúdicas y formativas (o formativas disfrazadas de lúdicas).

Su primer (y último) contacto con un Ipad

En segundo lugar, la invasión tecnológica hace que los de nuestra generación (1976) la veamos como una amenaza a la que, a veces, nos rendimos. Es decir, si no estamos haciendo actividades con los niños estarán enganchados a algún aparato electrónico que los aliene (y a veces claudicamos).

Y en tercer lugar, la obcecación de estar continuamente estimulando su inteligencia y formándolos desde que son bebés. En un estudio de un hospital norteamericano en el que se comparaba la materia blanca (región del sistema nervioso central donde se encuentran los axones, osea, la parte de la célula que transmite la información a otras células) de niños de edades comprendidas entre los 5 y los 18 años, se halló una correlación directa entre el desarrollo de la estructura de esta sustancia y el cociente intelectual. Estas investigaciones pusieron de manifiesto que los niños desatendidos poseen hasta un 17 por ciento menos de materia blanca.

“Leyendo” un libro en Fnac

Hasta aquí todos de acuerdo, pero admitamos que se nos ha ido la mano con la estimulación. Sirva como ejemplo el que, a pesar del intento de nuestros padres, nuestra generación se quedó a años luz de alcanzar un nivel de inglés comparable al de nuestros vecinos europeos.  Hoy llevamos a los niños a inglés cuando todavía ni andan (los kid´s & us proliferan como setas), les ponemos las series de dibujos animados en inglés e incluso les llevamos a cuentacuentos en el idioma de Shakespeare.

Aprender chino es lo último (eso dicen)

Y para rematar: llegó el chino. La última moda para saturar las neuronas de los más pequeños. El pasado verano, una familia con cuatro hijos (él, español y ella, inglesa), que vive en Turquía y pasa los veranos alquilando un piso en nuestra urbanización, contrató a una señora de origen chino para que estuviera con sus hijos. Objetivo: hablar a los niños solo en chino. Estupendo, sí, no lo niego. Los niños hablan perfectamente inglés y chino (el más pequeño solo tiene 4 años). Pero con el escenario que tenemos es lo que nos faltaba a los padres actuales, obsesionados con sobrealimentar el cerebro de nuestros hijos. Plutarco decía que “el cerebro no es un vaso por llenar, sino una vela por encender”. El problema es que muchos no solo pensamos que es un vaso, sino que lo desbordamos cada día; y muchas veces, sin sentido.

Pocoyó continúa siendo su preferido

Cuando los niños se vayan haciendo mayores existirán otros factores de presión, como el denominado “Keep up with the Jones” (que vendría a ser algo así como “estar a la altura de vecinos y conocidos”). Imagina cuando tus hijos te digan que hay una excursión del colegio o una actividad a la que se han apuntado todos sus amigos y tú te veas forzado a apuntarle para evitar que tu “pobre” hijo sea el “rarito”… Ainssss. Pero no nos anticipemos a futuros escenarios que todavía estamos en la era Pocoyó.

Voto por levantar el pie del acelerador y permitir que nuestros hijos disfruten de un derecho: el de aburrirse de vez en cuando. Y voy más allá, que nos aburramos nosotros también. Sí, ya sé que esto no es trendy, ni fashion, ni cool, pero ¿quién ha dicho que tenga que serlo?

 

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