Mis días de la marmota

 

Desde que mi comunidad de amigas madres-primerizas se ha ido incorporando a sus respectivas ocupaciones (de mi ex y futuro trabajo hablaré en otro post), mi
agenda social ha bajado unos cuantos enteros y en mi calendario semanal la  única tarde permanentemente ocupada es la de los miércoles. Ese día vienen los
abuelos.

Por las mañanas desayuno y me ducho a la velocidad de la luz, aprovechando el único
momento del día en el que Martina se está quietecita en su hamaca frente a la
tele. 15-20 minutos de oro. Algunos días me da por pensar en aquellas teorías
que me etiquetarían de mala madre por haberla convertido en una yonqui de
Pocoyó pero, una vez superadas mis dudas y remordimientos, hago balance y
sinceramente no creo que unos minutos de televisión al día la vayan a traumatizar. Y a mí me dan la vida.

Después viene el momento corralito (y digo “momento” porque aguanta tan poco que no merece ascender a “sesión”), en la que mi hija se transforma durante 10 minutos en una mini versión de Hulk Hogan, lanzándose contra las paredes de redecilla. Siempre que esté yo delante todo va bien; eso sí, como haya cometido la
irresponsabilidad de no haber ido al baño con anterioridad tengo dos opciones:
apretar la vejiga con el consecuente riesgo de contraer una infección de orina
(en el embarazo ya pillé dos) o aguantar unos berridos 9.0 en la escala Richter
de chantaje emocional («Es miedo al abandono», asegura mi pediatra) que
dan por finiquitado el entretenimiento en el corralito.

El siguiente escenario de juegos es nuestra cama de matrimonio, donde Martina se
lo pasa en grande chuperreteando mis bolsos y haciendo lazos con mis collares
de cuentas (no más de 15 minutos). Luego la paso a su cuarto (su cuna la he
blindado con protectores laterales y superiores porque aquí continúa su afán
por imitar a Hogan), donde aprovecho para ordenar sus cosas, limpiar la
papelera de pañales y deleitarme con un fondo de armario y un zapatero de
tallas liliputienses que ya querría Carmen Lomana.

Finalmente cae rendida de sueño; enchufo el intercomunicador; cierro su puerta y empieza la maratón: hago nuestra cama, recojo el salón y la cocina, preparo su comida
(y con suerte, la mía) y me siento en el ordenador para presionar
compulsivamente el botón de “enviar y recibir” del Outlook. Tras la mini
siesta, la doy de comer (imprescindible haber preparado antes una bandeja
repleta de utensilios caseros para entretenerla) y de paseo a la calle.

Aprovecho para hacer algo de compra, ando rápido marcando bien el paso con la esperanza de que mis posaderas vuelvan algún día a su estado primigenio y pongo en práctica el arte de “me enrollo con todo Dios” ¿Por qué? Por dos motivos: para no caer en el autismo y para alargar el momento-paseo (todas las madres del mundo avalan esta teoría: en la calle te cansas la mitad).

De nuevo en casa, vuelvo a dormirla, esta vez en el carrito (zigzagueando por el
salón a falta del valor necesario para hacer trompos entre los muebles). Misión
cumplida, así que me lanzo canina sobre mi comida. En este punto me encantaría
escribir la palabra SIESTA (así, en mayúsculas) pero ya hace meses que estas
seis sílabas dejaron de tener significado para mí. ¿Por qué será que siempre
hay cosas por hacer que te impiden disfrutar de esa ansiada cabezadita?

Tras la papilla de frutas vuelvo a la calle y en una terracita disfruto de mi
segundo mejor momento del día (tras la ducha): la merienda. Merodeo por
quincuagésima vez por las mismas tiendas de siempre y regreso a casa –con un
poco de suerte Michel ya ha llegado- y despedimos a Martina tras el
baño-biberón-cuna. Son las diez de la noche y ¡empieza mi tiempo de ocio! Solo
hay un inconveniente: estoy tan hecha polvo que lo único que me apetece es
tomarme mi Cola-Cao calentito mientras me encajo en mi lado del sofá para
sumergirme en un capítulo de Breaking Bad.

Está claro que mis días de la marmota no me dan tanto juego como a Bill Murray, pero con el tiempo estoy aprendiendo a transformarlos en pequeños momentos de placer. Ya ven, me ha dado por ser positiva y obviar la otra posible –y menos atractiva- alternativa: internarme en un psiquiátrico para madres desquiciadas en la treintena (que hay unas cuantas).

 

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