Neuronas dormidas

 

Varias de mis neuronas se quedaron dormidas en el embarazo y algunas no se han despertado aún. Gracias a la vuelta al trabajo, la situación ha mejorado, pero a la fuerza. Incluso he hablado varias veces con mi marido sobre este post y las mismas veces he olvidado lo que en él iba a poner. Así que puede que no cuente ni la mitad de las cosas que me han pasado…No son solo nombres que no recuerdo, son verdaderas lagunas mentales. En la época más dura, la del puerperio (sobre el que mi compi Laura ha escrito en otro post un estupendo retrato) me costaba construir una frase. Escuchar a varias personas que venían a visitarme para ver a la peque era imposible; no tenía fuerzas para concentrarme. Me sentía con el cerebro totalmente agujereado, sin posibilidad de prestar atención y menos aún de mantener una conversación que se saliera de los temas habituales de una parturienta reciente.

Una de las más graves fechorías que me han hecho mis neuronas ha sido olvidarme en el fuego unos huevos cociendo unas tres horas. No me acordé hasta que volvía a casa conduciendo. Ese suele ser un momento de tranquilidad (si la niña va tranquila o dormida, se supone) en el que empiezo a ordenar mi cabeza y repaso los temas pendientes. Así que cuando en mi sucesión de pensamientos llegó el concepto “¿qué voy a hacer de cena?”, el corazón me dio un salto. Emprendí entonces un rally por las calles de Madrid hasta llegar a mi casa. El olor a barbacoa inundaba toda la calle y ya empezaban a salir algunos vecinos mosqueados. “Tranquilos, son solo unos huevos”, dije muerta de vergüenza. La humareda que había dentro de mi casa era tal que casi ni veía. Dejé todas las ventanas abiertas y me metí de nuevo al coche para llevar a casa de mi madre a Olivia y que durmiera allí, sin olores quién sabe si tóxicos.

Hace una semana mis neuronas me la volvieron a jugar. Fui a un cajero a sacar dinero y tras devolverme mi tarjeta, procedí a guardarla en la cartera. Y en ese momento, se me ocurrió sacar un ticket. Grave error. “Uy, este ya lo puedo tirar. Uy, este también…”. Reconozco que guardo demasiados tickets y que una vez que empiezo a hacer limpia ya no puedo parar. Y eso me pasó, que empecé y se me fue el santo al cielo. Vamos, que no cogí el dinero del cajero. Solo oí un ruido y cuando miré desaparecieron los billetes por la ranura a una velocidad de vértigo. Bye, bye. He tenido que poner una reclamación y tardarán más de un mes en reintegrar el dinero en mi cuenta.

Lo peor fue tener que contarle al del banco lo que me pasó, porque a vosotras no me importa, que sé que me entendéis.

Por cierto, la foto que ilustra este post la hizo mi chico en Nueva York. Él también es el autor de la cabecera.

 

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