Nos vemos en el Apple Tree Club

 

Era agosto, hacía calor y necesitaba airearme, así que me monté con Martina en el coche, dirección a Carrefour. Sí, me hubiera gustado que sonara más exótico o enigmático, pero como necesitaba fruta y verdura decidí que no era el día de ponerme peliculera. En la sección de bebés (siempre me dejo caer por allí, a ver si se me ocurre algo nuevo que comprar. Aberración consumista, lo sé) avisté a un niño de la edad de Martina subido a un carrito de la compra. Hasta la fecha no me había atrevido a utilizarlos, así que le pregunté a su madre: «¿Sabes a partir de qué edad se les puede subir?», a lo que ella contestó con una sonrisa increíble: «Oh, I’m sorry, no español, ¿do you speak English?». Y ahí empezó todo.

Después de 10 minutos de charleta insustancial (ya confesé en un post anterior mi nueva afición de hilar la hebra con todo quisqui), Bella me habló del Apple Tree Club: «I’m so happy to take my sons there; they have a lot of fun». «Really?!», le solté yo muy resuelta con acento de peli de cheerleaders (reconozco que me encanta el acento americano, sobre todo desde que Cruz me ha convertido en una serie adicta como ella). Cuando llegué a casa, decidí cotillear su web (www.appletreeclub.com) y descubrí que se trataba de un centro pedagógico en lengua inglesa para niños españoles y extranjeros en el que, además de clases de inglés, teatro y jazz, también ofrecían una actividad que me llamó la atención: reuniones informales de madres con bebés para compartir preocupaciones, dudas o lo que se tercie.

El funcionamiento es sencillo: mientras los críos juegan entre ellos, las madres se toman un café o un té y charlan en inglés de sus cosillas durante una hora y media. Y todo en un espacio chachi (como diría la Annie Hall de Woody Allen). Cuesta 7 euros (6 euros si te sacas un bono de seis clases) y para las madres con bebés de menos de seis meses es gratuito. No lo dudé un momento y llamé a Cruz para contarle la idea. A la semana siguiente, estábamos entrando por la puerta con Martina y Olivia: «¡Good morning!». Esto promete.

Antes de tener a Martina yo pensaba que la estimulación temprana de los bebés era una patochada, inventada por las marcas comerciales y cuatro listillos más. Y ahora soy consciente de que un niño estimulado es un niño vivo. Así lo aseguran, también, los últimos estudios centrados en el cerebro del bebé: las experiencias sensoriales positivas y la interacción social con adultos mejoran las capacidades cognitivas de los bebés; es decir, que su cerebro prospera y crece gracias a la información recibida por el entorno. Analicé la interacción social de Martina hasta los ochos meses y me di cuenta de que ésta se limitaba a sus padres, sus abuelos y, ocasionalmente, a otros niños (sobre todo a Olivia, la hija de Cruz), así que pensé que no le vendría mal ampliar un poco su mundo. Pero he de confesar que este no fue el único motivo que nos movió a apuntarnos. A Cruz y a mí nos atraía mucho la posibilidad de hablar inglés, de practicar ese idioma que los españoles tardamos una media de 30 años en aprender mal.

Desde septiembre he intentado no faltar los martes a mi cita en el club del manzano (Cruz se incorporó a su trabajo en octubre, así que me he quedado sin partner española), un universo paralelo a la realidad cotidiana en el que hemos podido desnudar nuestro Yo-madre sin miradas reprobatorias de amigas no-madres. Y encima, en inglés.Aunque esto último a veces se ha convertido en un elemento pelín estresante, dadas las telarañas del nuestro.

El pasado martes me despedí de nuestras amigas extranjeras (aquello parecía un arca de Noé infantil, con niños british, checos y hasta finlandeses), después de haber comprobado que las ralladas de cabeza de las madres son siempre las mismas, independientemente de la nacionalidad del pasaporte.

 

 

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