¿Por qué le odian tanto, Dr. Estivill?

 

Antes de tener a Martina pensaba para mis adentros (no lo publicitaba demasiado por miedo a pasar por una listilla) que lo de acudir a un psicopedagogo o echar mano de libritos “mágicos” que nos orienten con nuestros hijos era una patochada. Martina todavía no ha cumplido el año y ya he pasado por la psicopedagoga y me he leído uno de esos best sellers que tanto criticaba. Y todo para conseguir que la criaturita duerma como es debido.

Hasta los cinco meses, aproximadamente, la dormíamos en brazos. A esa edad ya la pasamos a su cuarto y empezamos a dormirla en su cuna (por el bien de nuestros riñones), una tarea que se prolongaba durante una larga hora de lloros, protestas y rabietas. En vista de que la hora del sueño se había convertido en un drama, decidimos aplazarla lo máximo posible (pensando egoístamente en nuestra salud mental) . ¿La estrategia? Dejarla jugar después del baño todo lo que quisiera. ¿La consecuencia?  Muchos días terminábamos acostándola a las 23.00 horas. Ella se dormía de puro agotamiento y a los cinco minutos nosotros, también.

Desde entonces, hemos probado la modalidad “le pongo la tele bajito a ver si poco a poco acaba cayendo”, la fórmula “le pongo juguetitos en la cuna y así ella sola se quedará dormida”, el método “la sentamos con nosotros en el sofá hasta que sus párpados se desplomen” e incluso hemos practicado el polémico colecho. Y digo polémico porque los especialistas en sueño infantil lo desaconsejan mientras que otras muchas asociaciones de madres lo defienden, basándose en teorías como la del psiquiatra de Harvard Michael Commons, que asegura que dejar llorar a un bebé para que se duerma hace que su cerebro segregue en niveles elevados la hormona del estrés, el cortisol, haciéndolo más propenso a problemas de estrés y enfermedades, sobre todo mentales. Un día me puse a investigar un poco más sobre este tema y me llamó la atención comprobar que en un país tan tecnológicamente avanzado como Japón el colecho es la norma general hasta que los niños tienen 2 o 3 años; incluso en las familias donde vive algún abuelo, éste duerme en la cama con su nieto/a.

Absolutamente perdida entre una maraña de información, decidí dejarme guiar por un especialista y concerté una cita con la psicopedagoga de la guardería de Martina. La lección me la dejó clara: la niña tiene que aprender a dormirse sola, igual que la enseñamos a comer o a vestirse sola. Para ayudarme en esta nueva tarea, me leí “Duérmete, niño” del Dr. Eduard Estivill, del que ya había leído mucho en Internet. Bueno y malo. Y confieso que me gustó. Yo siempre había oído argumentos muy simplistas para definir su metodología, pero al leerme el libro, animada por mi cuñada (tiene dos hijos), me di cuenta de que lo que decía encerraba cierta lógica.

Después de leérmelo, tomando algunas notas para luego explicárselo a Michel, decidí quedarme solo con las partes que me gustaban y desechar las más “cañeras”. Según Estivill, hay que reemplazar la figura del padre, la madre o de ambos, utilizando un dibujo, un muñeco o un objeto querido por el niño y siempre en su habitación (HECHO: en lugar de tirarnos media hora enganchados a su manita para conseguir que se durmiera, ahora lo hace con su osito de peluche); separarnos de él una distancia prudencial y sin tocarlo desearle buenas noches, con un discurso que dure unos 30 segundos (SIN HACER: nos parece demasiado cruel no tocarla para calmarla, así que nos saltamos todo menos el discursito); al salir de la habitación, apagar la luz y dejar la puerta abierta (HECHO: solo dejamos una mini luz de mesilla); una vez que el niño empiece a llorar, los padres deben permanecer alejados de la habitación y volver a ella; primero al minuto, luego a los tres minutos y más tarde, a los cinco minutos (HECHO: a partir de las 21,00 nos tiramos 15-20 minutos entrando y saliendo de su habitación); cuando toque acudir a consolarlo, siempre tendrá que ir uno solo, manteniendo una distancia que impida que el niño le toque y explicándole, en no más de 10 segundos, que sus padres no le han abandonado y que únicamente le están enseñando a dormir (SIN HACER: nosotros la tocamos, la besamos y la tumbamos en la cuna porque Martina se aferra de pie a los barrotes. Lo del discurso sí lo hacemos, aunque tampoco lo cronometramos).

Después de once días sí que noto que algo hemos mejorado: los berrinches de antaño han pasado a ser lloros más calmados y el tiempo invertido para dormirla ha pasado de una hora a 15-20 minutos, así que confío en que, a pesar de no estar aplicando el método de manera ortodoxa, dentro de unas semanas ya sea capaz de dormirse por si misma. Sé que muchas madres han demonizado al Dr. Estivill (aunque en realidad el que conocemos como su  método lo inventara, hace más de una década, el Dr. Richard Ferber en Estados Unidos), acusándole de practicar una puericultura fascista, pero sinceramente tampoco creo que mi hija vaya a traumatizarse porque en lugar de estar junto a ella una hora, dándole la mano para que se duerma, entre a calmarla de forma escalonada. No me he leído el libro “Bésame mucho” del Dr. Carlos González, que viene a ser la antítesis de lo propuesto por el Dr. Estivill, pero lo que intento (supongo que como el resto de las madres) es no perder la perspectiva y no dejar de lado el sentido común. Si es que eso es posible, que una madre primeriza tenga sentido común…

 

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