Se puede sobornar a los niños

 

En pocos meses llegará la Operación Pañal a nuestras vidas, pero mientras me preparo para la llegada de ese momento escatológico voy leyendo lo que otras blogueras van contando así como consejos para superar este reto con éxito (en este caso el éxito es sinónimo de ensuciarse lo menos posible).

Hace unos días me topé con una posible solución viendo en Canal + Extra el documental basado en “Freakonomics”, el interesante libro del economista de la Universidad de Chicago John List y el periodista Steven Levitt, un trabajo que aporta más sorpresas a las que ya traía el libro.

Uno de los temas más apasionantes es el del uso de los incentivos para lograr objetivos. Levitt cuenta cómo consiguió que su hija Amanda comenzara a usar el orinal para hacer sus necesidades después de varios meses sin lograrlo. Este padre le prometió a su pequeña que cada vez que usara el orinal le daría una bolsa de su golosina favorita, que eran M&M. Fijaos si la niña aprendió pronto el truco que a los tres días no solo usaba el orinal para recibir el premio, sino que sabía controlar su vejiga para ir más veces y conseguir más bolsas de M&M. “No pude engañar a una niña de tres años durante tres días, imagínense engañar a todo un país”, afirma este experto.

Esta es solo una anécdota sobre el uso de los incentivos, una de las herramientas que este par de expertos llevó al siguiente proyecto, el llamado Chicago Heights Miracle: un programa de incentivos para frenar el fracaso escolar realizado por este par de economistas de la Universidad de Chicago, la fundación Kenneth y Anne Griffin en un instituto ubicado en uno de los suburbios más problemáticos de la ciudad.
El reto era comprobar cómo el uso de varios incentivos mejoraba el rendimiento escolar de los alumnos. En resumen, los estudiantes que mantuvieran unas notas mínimas (una calificación de C) y un buen comportamiento ganaban 50 dólares al mes. Además, participaban en una lotería mensual cuyo premio eran 500 dólares, además de varias gratificaciones (les entregaban un cheque gigante y una limusina Hammer les llevaba a casa).


El resultado fue que el 7% de los alumnos mejoró sus notas, pero para los responsables del experimento esta cifra les pareció escasa. ¿Y si subían el incentivo? ¿Y si era mejor hacer el experimento con niños desde edades más tempranas? En cualquier caso los propios responsables no se quedan satisfechos de que el método soborno compense y de que funcione a largo plazo.
Otro caso en el que estos dos expertos dejaron el sistema de incentivos en entredicho aparece en el libro (no en el documental). Se trataba de una guardería en la que los responsables decidieron multar a los padres que llegaban tarde a recoger a sus hijos con el fin de acabar con este hábito. Consiguieron justo lo contrario: los padres dejaban de sentirse culpables al pagar por llegar tarde y se hicieron más habituales todavía los retrasos.

¿Habéis sobornado a alguna vez a vuestros hijos? ¿Funciona?