Semana horribilis

 

Hay días (y semanas enteras) en las que hubieras preferido pasar página. Yo me encuentro sumergida en una de ellas. Os cuento el porqué: este lunes en la guardería de Martina me avisaron de que los granitos del culete se le habían extendido por un brazo y una rodilla. Corriendo al pediatra. Diagnóstico: virus de manos, pies y boca. Solución: Apiretal para la fiebre y no llevarla a la guarde. Empieza la maratón de llamadas para ver quién puede quedarse con Martina estos cuatro días…

Hasta ahora nunca había tenido este problema porque las pocas ocasiones en las que Martina se ha puesto mala yo he podido quedarme con ella (soy freelance y trabajo desde casa) pero desde febrero estoy haciendo un curso para ser profesora de español para extranjeros al que no puedo faltar y justo esta semana tengo que ir tres días en lugar de dos.

Finalmente consigo que una canguro se quede con ella el martes. Es la sobrina de la subdirectora de la guardería, así que tiene buenas referencias, pero aún así, qué menos que conocerla antes de dejar a Martina en sus manos. El mismo lunes por la tarde, tras salir del pediatra, quedo con ella  y la primera impresión es bastante buena: unos 25 años, desenvuelta y cariñosa con la niña. Trato hecho. Al día siguiente, la chica llega a casa a las 08:45. Yo, que soy bastante prusiana, ya le tengo preparado un documento a ordenador con todas las indicaciones de lo que tiene que hacer.

Le doy un juego de llaves y me despido de Martina sin demasiado énfasis, por miedo a que me monte una escenita de mamitis. A las tres horas la canguro ya me está llamando para decirme que la niña no quiere comer nada. Salgo de clase para contestar al móvil. Una hora más tarde, otra llamada; vuelvo a salir. Esta vez es para comentarme que le ha tenido que dar Apiretal porque tiene fiebre. Mi angustia va en aumento. Tengo unas ganas locas de llegar a casa, pero todavía me queda una hora más de clase y otra de transporte. El día acaba relativamente bien: Michel y yo trabajando por la noche (con fútbol de fondo), dos chutes más de Apiretal y caca de madrugada.

El miércoles me quedo yo con ella. Me he organizado de forma que solo tengo que enviar cuatro mails y hacer dos llamadas. «¡Ja!» Esto es lo que debe de pensar Martina porque apenas se separa de mí en toda la mañana; en cuanto la dejo en el suelo o en el sofá, se pone a gimotear. Ha decidido que, ya que no va a la guarde, se va a aprovechar de su estatus de enferma para hacerme chantaje emocional. Y lo peor de todo es que le funciona. La responsable de Prensa de una empresa española bastante conocida debe de pensar que soy un poco “cortita”; mantengo con ella una conversación de lo más surrealista debido a mi incoherencia mental (mis neuronas están repartidas entre lo que esta buena mujer me está explicando y la que está liando Martina en mi baño). La tarde se completa con una visita al ginecólogo (de la que salgo igual de perdida que entro), una lluvia atascacoches, Martina sin querer merendar ni cenar y, de nuevo, una noche más en el ordenador (después de escribir este post).

El jueves (hoy) se queda con su abuela y su tía abuela paternas y mañana viernes, con mi madre, que se ha cogido el día en el trabajo. Por supuesto, todos estos movimientos implican el traslado de la ropa, el carrito y los tuppers correspondientes; la logística del coche y el cuadrante de horarios de todos los implicados. Pero lo que más me molesta de todo este ajetreo es que cuando estoy con Martina, estoy pero no estoy. Me explico:físicamente estoy jugando con ella pero mi mente ha volado hacia pensamientos logístico-prácticos que me impiden relajarme y disfrutar del momento. ¿Llegará algún día en el que lo consiga? 

 

 

 

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