Tele-abuelo, ¿dígame?

 

Sin ellos todo sería mucho más complicado. Nos echan una mano cuando las fuerzas nos abandonan después de habernos levantado 30 veces en esas maravillosas noches de mocos perennes; se quedan con ella para que, de vez en cuando, nos percatemos de la persona que tenemos al lado y disfrutemos de nuestra pareja como eso, nuestra pareja, y no como el padre de nuestra hija; nos llenan la nevera de tuppers caseros; se preocupan por su educación (a mi padre solo le falta comprarle la camiseta blanca y roja del Sevilla Fútbol Club para introducirla en lo que, según él, es cultura) y no descuidan su fondo de armario (si no la freno, mi madre me la convierte en la Suri Cruise española).«En general, sí se abusa de los abuelos, que han pasado de ser una mera ayuda a ser unos auténticos canguros que ni por edad ni por salud ni por situación pueden atender a los niños debidamente». No lo digo yo; lo dice Isabel Agüera, especializada en educación infantil, que acaba de publicar “Guía práctica para abuelos con nietos” (editorial Toromítico), justo unos días después de que el Libro Blanco del Envejecimiento haya hecho público que 7 de cada 10 abuelos en España cuida de sus nietos. Esta ex maestra cordobesa sabe de lo que habla porque lo ha vivido en sus propias carnes con sus ocho nietos. Y no creo que vaya desencaminada; yo lo veo cada vez que paseo a Martina o me siento en el parque (intentando pasar desapercibida ante la comunidad de madres que se arremolina entorno a los columpios con ese afán por compartir recetas de purés infantiles). Son abuelos puriempleados (baby-sitter de día y jubilados de tarde) que echan una manita a sus hijos, a ver si entre todos pueden salir adelante, en vista de que el Estado está missing. Y eso que en este país tenemos una Ley de Conciliación Laboral, Familiar y Personal…

En una ocasión, alguien muy sabio acuñó esta frase: «Dios no podía estar en todas partes a la vez, y por eso creó a las madres». Y a mí me gustaría extenderlo a las abuelas. Si una madre siempre está ahí cuando se la necesita; una abuela, también. Y no es por desmerecer a los abuelos, pero desde que tengo a Martina ya he comprobado en diferentes entornos familiares que la mayoría practica eso tan masculino que es dejarse llevar. Si hay que sacar a la niña de paseo, la abuela ya se está poniendo el abrigo; si la niña está envuelta en una nube tóxica propiciada por su propia caquita, la abuela ya se está colocando los guantes (no es broma; la mía lo hace); si toca la hora del baño, arremangada que se pone.

«¿Pero algo harán los abuelos?»os preguntaréis. ¡Por supuesto! En cuanto me descuido, mi padre decide introducir alguna innovación en la tabla de alimentos de Martina (9 meses y medio); que si un poco de limón para que chupe a ver qué cara pone; que si un poco de chocolate, a ver si sale igual de cacao-adicta que él… ¿Y qué decir de los objetos que le suelta a la pobre niña para que juegue? Lo último ha sido un cascanueces del siglo II a.C. con cabezal en forma de alicate, ideal para seccionarse la lengua. Pero la anécdota que más risas nos arrancó a todos fue cuando se me ocurrió pedirle que me pasara una toallita húmeda para limpiarle a Martina la boca de restos de puré y, tras 5 minutos esperando, decido girarme y me lo encuentro intentando abrir a mordiscos la bolsa de toallitas (para los legos en la materia he de aclarar que estas bolsitas tienen una abertura en el centro desde la que se extraen las toallitas individualmente).

 

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