¿Washi tapeas?

 

Los japoneses me caen simpáticos. Desde luego muchos tienen su parte friki, pero son exquisitamente educados y cuidadosos en todo lo que hacen y eso es un gustazo en los tiempos que corren. Es el único país que conozco en el que los dependientes de una tienda te envuelven lo que has comprado, enfundados en guantes blancos, te acompañan a la salida y te despiden con una reverencia. Y su mimo lo reparten por igual entre un centro floral (el arte del ikebana) y un cadáver (en el recomendadísimo filme “Despedidas” se aprecia muy bien que en Japón el ritual del nokanshi o tanatopráctico es todo un arte), así que no me sorprendí cuando hace unas semanas descubrí el fascinante mundo del washi tape.

El washi tape (en japonés “wa” es nuestro y “shi”, papel) es una cinta adhesiva decorada que se fabrica con las cortezas internas de varias plantas,fundamentalmente las del kozo (especie de morera), el gampi y el mitsumata. En algunos blogs he leído que la materia prima del washies el papel de arroz (un tipo de planta que sí se utiliza como relleno en la elaboración del papel chino o taiwanés), así que si algún experto en el tema nos lo aclara, salimos de dudas… Lo que sí está claro es que se trata de una cinta muy maleable e increíblemente fuerte, mucho más  que el papel elaborado con pulpa de madera. Las hay de rayas, de cuadritos, de dibujos temáticos, brillantes, mates y de todos los colores y tamaños posibles. Y una de sus grandes ventajas es que se puede usar una y otra vez porque se pega y despega con facilidad, sin dejar restos de adherencia sobre la superficie.

El descubrimiento de las virtudes del washi tape se lo debo a mi compañera de blog, Cruz, y a Ladymajan (www.desaforando.wordpress.com), que el pasado sábado organizó un fantástico taller en Enfant Terrible (www.enfantterrible.es), en el que hubo lleno total. Y no me extraña porque los niños se lo pasaron en grande con tantas cintas, papeles de colores, blondas, lazos, botones, sellos y troqueladoras y las más mayorcitas disfrutamos igual o más que ellos. De hecho, hubo un momento en el que me evadí por completo y me retrotraje a mi infancia, cuando lo que más me gustaba en el mundo eran las manualidades, los cuadernos y las cajitas (esta última afición la ha heredado mi hija Martina).

Al final del taller cada uno se llevó sus trabajos customizados con washi (y con todo lo que pillábamos, dicho sea de paso): un marcapáginas, una pinza, una pizarra, una guirnalda y una carpeta (en la foto de portada podéis ver nuestras master pieces). Ladymajan incluso nos enseñó a crear nuestro washi personalizado con tres elementos muy sencillos: un recorte de revista, celo transparente y agua. La verdad es que me pareció muy fácil, así que un día que me levante creativa, me remango y me pongo a la faena.

Que yo descubriera el washi hace poco no quiere decir que sea algo nuevo; ni mucho menos. He estado investigando y, por lo visto, en el siglo VII los monjes budistas japoneses ya lo utilizaban para escribir textos sagradosHoy día el washi se utiliza para hacer juguetes, abanicos, lámparas y hasta para confeccionar ropa (el diseñador Isse Miyake es fan del washi). Y no es de extrañar ya que la ropa hecha a base de este papel es suave, maleable al diseño, impermeable (gracias al tratamiento especial con caqui, aceite y laca) y, además, dura más. Para los japoneses el washi tradicional es tan especial que en 1968  lo declararon Propiedad Nacional Cultural Intangible de Importancia. Ahí es na.

Ayer, una amiga interiorista me remitió a la artista nipona Eriko Horiki (www.eriko-horiki.com), que ha reinterpretado el uso del washi, adaptándolo a la arquitectura y al diseño de interiores. Su obra no tiene desperdicio.

 

 

 

 

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